sábado, 8 de abril de 2017

Los otros 8-A: secuestro, tiro en la nuca y bomba

De las 858 víctimas que la banda terrorista se cobró, 61 de ellas cayeron en abril y tres fueron asesinadas exactamente en la misma fecha en que hoy se escenifica el «desarme». Las familias no olvidan. Exigen perdón y un punto final real.





Desde 1960, cuando se cobró su primera víctima, ETA ha segado la vida de 858 personas. En un mes de abril como éste, sus pistoleros apretaron el gatillo contra 61 objetivos, personas con nombres y apellidos, con familias y vivencias que los terroristas cerraron para siempre en un día como el de hoy. Precisamente como éste en el que lo que queda de la banda terrorista pone en escena en Bayona su supuesto «desarme». 

Con un listado de crímenes como el de ETA, pocos días quedan en el calendario donde no marcar una efeméride teñida en sangre. Hasta tres veces. Porque fue un 8 de abril cuando los del hacha y la serpiente cometieron tres de sus viles asesinatos: en 1976, 1981 y 1991. Las víctimas, Ángel Berazadi, Vicente Sánchez Vicente y José Manuel Cruz Martín, protagonistas involuntarios de tres crónicas en negro que cobran especial significado.

El de Ángel Berazadi –58 años, casado y con seis hijos– fue el primer secuestro de ETA que terminó en asesinato, un caso que generó gran conmoción dentro y fuera de España. El industrial guipuzcoano, nacionalista e impulsor de las ikastolas, fue además el primer empresario asesinado, lo que supuso una clara advertencia que extendió el miedo y consolidó el chantaje. Todos se sintieron amenazados a partir de ese momento.

Berazadi había sido secuestrado el 18 de marzo cuando salía de su empresa en coche hacia su domicilio.

 El director gerente de la empresa Estarta y Ecenarro (Sigma, emblemática fábrica de máquinas de coser de Elgoibar) permaneció durante veinte días en un altillo sin acondicionar de un caserío abandonado, a escasos kilómetros de su factoría. 

Las marcas que se encontraron en sus manos indicaron que estuvo atado prácticamente durante todo su cautiverio. Muy posiblemente no hubiera sobrevivido aunque lo hubieran liberado porque sus órganos internos estaban destrozados por la escasa ingesta de agua y comida. Su foto en «El Diario Vasco» encañonado por uno de sus captores dio la vuelta al mundo.

Pese a los intentos del PNV, con Xabier Arzalluz como interlocutor, la rama de los comandos Bereziak (especiales) de ETA político-militar se negó a liberar al industrial, por el que se llegó a reclamar un rescate de 200 millones de pesetas, o «le pegaban dos tiros». Finalmente fue uno, en la nuca, el que acabó con su cautiverio. Le encontraron boca arriba, tirado en una cuneta con los ojos cubiertos con unas gafas de soldador. En los alrededores se hallaron siete balas sin usar de nueve milímetros Parabellum, el calibre de ETA, el mismo del disparo que acabó con su vida.

Según escribió tras conversar con dos de los secuestradores el antropólogo Joseba Zulaika en el libro «Violencia vasca. Metáfora y sacramento», los captores –tres fueron detenidos pocos días después del crimen en un control de carretera en San Sebastián– temían haber sido descubiertos y los nervios les llevaron a matar al empresario. En su coche estaba el casquillo de la bala con la que le mataron.

41 años después, la familia, que se marchó hace muchos años del País Vasco, no olvida. Una de las hijas, Cristina, duda de la credibilidad del acto de hoy en Bayona. «No les creo. Ojalá se disuelvan y que termine de una vez. No me creo a esos que salen en televisión tomando la palabra para hablar de paz. ¿Qué autoridad tienen para hablar de paz? Es indignante si primero no condenan los crímenes».

La familia no ha querido hablar hasta el año pasado, cuando desde el Archivo Histórico del País Vasco les pidieron su testimonio. Cristina Berazadi accedió.

 «Con mucho dolor; lo hice para que quedara testimonio de lo que pasó», explica. «Desde aquel 8 de abril lo único que hemos querido para los terroristas es la cárcel y que cumplan sus condenas.

 Sin perdón y entrega de armas, nada», enfatiza. Berazadi tiene claro que «las únicas víctimas somos nosotros. ¿Va a ser lo mismo el que cae asesinado que quien muere poniendo una bomba?». Recuerda que hace años les invitaron a participar en un homenaje «a todas las víctimas» en el Ayuntamiento de Elgoibar.

 «¿Cómo? ¿Las víctimas nos equiparamos a los etarras?», se pregunta indignada. «A cada cosa hay que llamarla por su nombre, que no vengan con excusas y argumentos, hay que ver la realidad tal como es». Y deja claro que «los primeros que queremos la paz somos las víctimas».

Cinco años después de la muerte del industrial vasco, a las tres de la tarde del 8 de abril de 1981, ETA asesinaba en la localidad vizcaína de Baracaldo al policía nacional Vicente Sánchez Vicente.

 Como era su costumbre, acababa de dejar en la puerta del colegio a su hija pequeña, Olga, de cuatro años, y dos encapuchados le asaltaron cuando entraba en su coche. Antes de que cerrara la puerta, los asesinos dispararon a bocajarro. 

El vehículo, sin freno de mano, se deslizó sin control cuesta abajo durante unos quince metros, con el cuerpo del agente asomando por el portón abierto, hasta que se estrelló contra otro turismo. La escena la contemplaron otros padres y niños a la entrada del centro escolar.

La víctima fue trasladada al hospital de Cruces, donde sólo se pudo certificar su fallecimiento. El cuerpo tenía once impactos de bala.

ETA asumió el atentado el 11 de abril. Aunque nada se sabe de los autores materiales del crimen, es evidente que tuvieron que hacer un seguimiento de las rutinas diarias de Vicente Sánchez. Entre ellas, llevar a su hija a clase después de comer, algo que hacía a diario.

El agente, de 32 años, era de la localidad salmantina de La Fuente de San Esteban. Llevaba ocho en el País Vasco, adscrito al equipo de desactivación de explosivos de la Jefatura Superior de Policía de Bilbao. Estaba casado y tenía dos hijas de 7 y 4 años. Tras el funeral fue trasladado a Salamanca, donde fue enterrado. Hace dos años recibió un homenaje en su pueblo, donde su viuda –que abandonó el País Vasco con sus hijas– descubrió una placa en una calle que lleva su nombre desde entonces.

Otro 8 de abril, esta vez de 1991, José Manuel Cruz Martín, de 27 años, agente de la Escala Básica del Cuerpo Nacional de Policía, resultó muerto al estallar una bomba adosada a los bajos de su automóvil cuando circulaba, sobre las 19:30, por la calle Juan de Garay, también en Baracaldo, a unos 200 metros del cuartel de la Policía. 

Con él viajaba su esposa, Catalina Rebollo Samaniego, de 25 años, que resultó herida menos grave.

 La onda expansiva produjo heridas leves al joven de 15 años Asier de la Mata y a otra mujer de 24 años. Pudo ser una tragedia al tratarse de una zona muy transitada pero, afortunadamente, no había mucha gente en ese momento a la altura del número 28.

Catalina Rebollo sufrió una crisis nerviosa al ver el cuerpo destrozado de su marido. Varios transeúntes la sacaron del amasijo de hierros en que había quedado convertido el vehículo, un Seat Ibiza con matrícula de Bilbao, y la llevaron en una furgoneta hasta el hospital de Cruces. La bomba, con varios kilos de explosivo, se encontraba bajo el asiento del conductor, un lugar que el agente no inspeccionó.

Cruz era natural de Huelva y estaba destinado en el País Vasco desde el 1 de febrero de 1989. Casado y sin hijos, había ingresado en la Policía en 1988. Había regresado dos días antes de sus vacaciones. Su mujer, trasladada a un hospital de Sevilla, no pudo asistir al sepelio.

En 1995 fueron condenados a 50 años de cárcel, como autores del asesinato, los etarras Raúl Alonso Álvarez, Germán Urízar de Paz y Jesús María Mendinueta Flores, alias «Manu». En 2006 fue condenado a 52 años, también como autor, Juan Carlos Iglesias Chouzas, alias «Gadafi», que consiguió huir de la operación en que fue detenido Mendinueta Flores.


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