domingo, 2 de julio de 2017

Un Guardia Civil barbateño, víctima de ETA: "Aún me cuesta dormir por las noches"

El agente Manuel Muñoz, que se encontraba a punto de regresar a Cádiz tras cuatro años de servicio en el País Vasco, relata por primera vez públicamente el ataque terrorista que sufrió en la Nochevieja de 2000.





La historia de Manuel no es una historia agradable de recordar para él. Tiene un final feliz, pero pudo no tenerlo. El 1 de enero del año 2000, sobre las dos menos cuarto de la madrugada, en plena Nochevieja, Manuel Muñoz, natural de Barbate, se encontraba de guardia en el centro de monitores en el acuartelamiento de la Guardia Civil en Galdakao, Vizcaya. Todo hacía indicar que sería una noche tranquila para el grupo de agentes que allí desempeñaba sus funciones. Sin embargo, un grupo de etarras atacó en ese momento el cuartel lanzando 61 cócteles Molotov, de los cuáles diez no llegaron a activarse, impactando 32 en el exterior y cayendo 19 en el interior del recinto cerrado del cuartel.
Uno de estos artefactos impactó en el centro de monitores en el que se encontraba Manuel, rompiendo el cristal no blindado y prendió fuego en las prendas de este guardia civil, incendiando además los equipos de control del sistema de seguridad, que eran básicamente ordenadores y monitores. Con motivo de este ataque, Manuel tuvo que ser trasladado de urgencias al hospital, dónde se le pronosticaron lesiones graves y quemaduras de primer y segundo grado en el rostro y la mano derecha, teniendo que estar ingresado varios días en observación para que los médicos observaran la evolución de las heridas.

La casa cuartel donde se produjo el atentado.
El uniforme que Manuel vestía en el momento del ataque, su anorak, los zapatos... quedó dañado e inutilizado, y varios vehículos de los agentes fueron reventados, entre ellos el del barbateño.
No se supo quienes habían realizado este acto hasta 2005, cuando en mayo de ese año, fueron juzgados en la Audiencia Nacional once personas, una de ellas menor de edad en el momento del ataque, a las que se les acusaba de haber sido los asaltantes del cuartel de la Guardia Civil, y para las que se pidieron 22 años de prisión, 18 años por el delito de incendio y cuatro años por el de lesiones.
La Audiencia Nacional absolvió a ocho de los supuestos autores, y condenó a Jon Crespo Ortega, Ugaitz Pérez Sorriqueta, y a Iker Lima Sargana a 22 años de prisión, y tuvieron que hacer frente al pago de 86.626 euros en total por los daños materiales, pero también en concepto de indemnización por los daños personales.
Hoy, Manuel tiene un hijo recién nacido de tan solo dos meses, que le esboza una sonrisa en la cara cada vez que lo mira. No es un tema del que le guste hablar, es más, confiesa que "es la primera vez que le cuento esto a alguien que acabo de conocer, y menos a un periodista". Narra que "tras un año en Palma de Mallorca pedí destino, y me mandaron de manera forzosa a Bilbao, donde empecé viviendo en un piso de alquiler, y luego me mudé al acuartelamiento, y mi función allí era la de llevar la seguridad del recinto y de la fábrica de explosivos".
Sobre la noche de los hechos, recuerda "estar trabajando con total normalidad a pesar de ser Nochevieja. Habíamos hecho los relevos y no había ningún tipo de problema". Sin embargo "había una cámara móvil que enfocaba una explanaba que había a la derecha del cuartel, y por la que en el pasado ya habían atacado con un mortero". Desde esa cámara "veíamos un bloque de pisos que había en frente muy grande, pero no enfocaba a una especie de pasillo con escaleras que formaban parte del inmueble, y fue por donde comenzaron a atacarnos".
El turno de Manuel ya había terminado y se hizo el relevo, quiso quedarse con sus compañeros para no estar solo toda la Nochevieja, entre diez y quince minutos después de dicho cambio comenzó el ataque. No recuerda mucho del momento en el que comenzaron a lanzarles cócteles molotov, ya que "de repente me vi envuelto en llamas, fue una sensación que no se puede describir con palabras. Lo que hice fue quitarme la ropa y salir corriendo para afuera".

Manuel Muñoz Oliva sigue sufriendo las secuelas del atentado.
Reconoce que, a pesar de los numerosos ataques sufridos por guardias civiles en aquella época en el País Vasco, "es algo que nunca piensas que te vaya a pasar a ti, y menos a punto de venirte destinado para Cádiz, ya que era mi cuarto año y tras estar cuatro años en el País Vasco se puede elegir destino, tienes preferencia. Es más, ya tenía hasta la medalla por haber estado los cuatro años en Galdakao". Fue un ataque sin previo aviso, "nos podían vigilar sin ningún problema, ya que enfrente había un bar y podían estar controlando las 24 horas del día".

A pesar del daño físico, lo peor son las secuelas psicológicas. Afirma que "aún me cuesta dormir por las noches, es muy duro". En este momento Manuel quiere dejar de hablar, las lágrimas empiezan a verse en sus ojos. El recuerdo es duro, amargo, la peor experiencia de su vida, algo que jamás podrá olvidar. Su futuro, se encuentra a pocos metros de donde habla. La presencia de su hijo recién nacido es lo único que le hace esquivar por segundos la oscuridad del pasado. Se encuentra dado de baja y quiere mirar hacia delante y dejar lo malo atrás. Su historia tiene un final feliz, pero pudo no tenerlo.

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