jueves, 28 de diciembre de 2017

Las medallas secretas de ETA

Ésta es la historia desconocida de las medallas que la banda fabricaba como si fuera un ejército
Son doradas, de latón y, según fuentes antiterroristas, ETA las usaba para condecorar a sus miembros o recompensar a colaboradores. ¿O para financiarse?




La Policía francesa halló un millar en Sokoa, en 1986. Hoy hay coleccionistas que pagan hasta 600 euros por ellas. Este mes se ha vendido la última
Cuando, aterrorizado y sudando, lo detuvieron en la Estación del Norte de París, Aner Gómez Aguirre no sólo llevaba encima un carné de conducir falsificado por ETA, un disquete con información protegida y 2.000 euros en metálico. Entre sus cosas, la Policía francesa encontró también una tonta imprudencia en forma de pequeña medalla dorada. En una cara lucían las siglas de ETA; en su reverso, el hacha y la serpiente.
Aquella noche de noviembre de 2004 el terrorista acabó en el calabozo. Su medalla, probablemente, en un almacén. Pero todavía hoy hay coleccionistas dispuestos a pagar por hacerse con ella o con otra similar. Es una de las historias menos conocidas de la banda terrorista, incluso para los más entendidos: ETA, como si fuera un ejército, fabricó sus propias medallas.
Eran de latón, y bastante rudimentarias. No está claro para qué las utilizaban. Pero existieron, y algunas salieron de la clandestinidad. Un puñado de ellas -imposibles de cuantificar- se encuentran repartidas en casas de familias abertzales, despachos de policías y aficionados a las piezas raras. La última se compró, que se sepa, hace sólo unos días. El 12 de diciembre, un coleccionista de Valencia se la vendió por internet a otro fanático de las antigüedades, José Ramón Hernández. José Ramón pagó por ella 90 euros y le acaba de llegar a su casa, en Burgos.
«Con estas medallas ETA condecoraba a sus mártires, según me ha asegurado gente fiable del mundo abertzale. Y con esta ya tengo dos», revela orgulloso José Ramón. Por un lado de ambas medallas se leen las siglas «ETA», en el centro, y la inscripción completa «Euskadi Ta Askatasuna», en círculo; por el otro, el anagrama y el lema «Bietan jarrai». Como ya hace con la primera [véanse las fotografías que acompañan a este artículo], la nueva medalla viajará con José Ramón a exposiciones y ferias de toda España. Pero no piensa venderlas. Son, dice, muy difíciles de conseguir.
El rastro más claro de las misteriosas medallas lleva hasta el invierno de 1986 en el sur de Francia. Aquel 5 de noviembre la Policía francesa asesta en Hendaya uno de los golpes más duros a ETA. Los agentes entran por sorpresa en una cooperativa de muebles que, según sospechan, le sirve a la banda para blanquear dinero y mantener en plantilla a militantes y colaboradores. Se hará célebre como la operación Sokoa.

Ocultas en un sótano

En el sótano de la empresa descubren, oculto tras una estantería, un zulo de unos dos metros de alto por dos de ancho y tres de fondo al que se accede por una trampilla que se abre tirando de un alambre, según detallaría la Audiencia Nacional en su sentencia. La cúpula de la organización ha escondido allí los libros de cuentas de su impuesto revolucionario, facturas, justificantes, borradores de cartas para empresarios, informes sobre posibles víctimas, dos lanzamisiles, pistolas, fusiles, cartuchos, dos Olivetti, tres gorras de la Ertzaintza...y 35 paquetes llenos de medallas.
El sumario judicial habla de «1.000 medallas de ETA», «troqueladas con la efigie» (sic) de la organización terrorista. Son «de color dorado», según precisa el ex secretario de Estado para la Seguridad Rafael Vera en su libro Sokoa. Operación Caballo de Troya (Foca, 2016). La Policía las fotografía en blanco y negro sobre una mesa, junto a otros objetos intervenidos. Es muy posible que aquellas no fueran las únicas. Los expertos consultados afirman que en años posteriores pudieran fabricarse más tandas.

«Los primeros etarras fueron adoctrinados por el sistema educativo franquista, que les transmitió una cultura política que pivotaba sobre el ultranacionalismo, la intolerancia, el mesianismo, el autoritarismo, el militarismo y la exaltación de la violencia purificadora», explica el historiador Gaizka Fernández Soldevilla en su libro La voluntad del gudari (Tecnos, 2016). Los terroristas se veían a sí mismos como «gudaris» herederos de los de la Guerra Civil. Y, como antagonistas del «ejército ocupante» español, intentaron configurarse como un embrión del «ejército nacional vasco». «En cierto sentido, el funcionamiento de la banda imitaba al del ejército, incluso en extremos como el ajusticiamiento de "traidores" y "desertores"». De la misma manera pretendió negociar, «de igual a igual», con las Fuerzas Armadas.
¿Y las medallas? ¿Condecoraban con ellas a sus dirigentes más destacados? ¿A quienes más mataban? ¿A sus muertos?
Fuentes de la lucha antiterrorista tanto española como francesa coinciden en señalar que en ninguno de los documentos internos incautados a la banda se habla de estas medallas. Ningún papel de ETA -que se conozca- regula qué requisitos debían cumplir los militares de este ejército con más de 800 víctimas mortales para ser distinguidos con una medalla. A partir de ahí, las hipótesis divergen.
Una fuente solvente del antiterrorismo español afirma que, según su información, ETA las empleaba «para reconocer a sus miembros destacados y a los responsables de las estructuras en Francia, por ejemplo, a los del aparato de falsificación y a los del aparato político».
Otra voz de la seguridad francesa se inclina más bien por entender que aquello era una especie de recompensa para colaboradores de ETA que, en agradecimiento a sus servicios, se llevaban la satisfacción (fanática) de recibir algo así como la certificación, en forma de medalla dorada, de que habían contribuido a la «lucha» por «la patria» y «el pueblo vasco». Era una medalla de latón, sí, pero firmada por la mismísima ETA. Un objeto con el que fardar en las fiestas del pueblo, perfecto para alardear con un amigo o un ligue en los ambientes oportunos.
Una tercera fuente de la lucha antiterrorista española añade que sus réplicas más sencillas, a las que los agentes llamaban «monedas» más que medallas, sirvieron a la banda y a su entorno para financiarse a cambio de pequeñas donaciones. Un vasco que en aquellos años se movía en el entorno abertzale confirma a Crónica este último relato. «¿Que si sé algo sobre las medallas de ETA? Yo tengo una en casa», responde, antes de enviar a esta periodista dos fotos de su tesoro dorado. «Esas las sacaron en los 80». ¿Para qué? «Para sacar dinero... Herri Batasuna necesitaba dinero y las vendía entre la gente de HB, como si fueran donaciones. No fue una cosa masiva, pero sacaron unas cuantas».

Los "mártires"

José Ramón Hernández se gana la vida como coleccionista bajo la marca Antiquo Neton tras verse obligado a cerrar su empresa de construcción «a causa de la crisis». Su primera medalla de ETA, de unos tres centímetros de diámetro, es una de sus piezas más preciadas. Asegura que es «de los años 70» y que procede de la operación Sokoa. La logró en el año 2010 y por ella pagó 500 euros.
«Fue a través de un político de la época que tenía una porque supongo que en la incautación de Sokoa una de aquellas medallas se perdió... [Sonríe]. El político se la dio mediante un trueque a otra tercera persona, amigo mío, y esa persona me la vendió a mí», relata, enigmático. La medalla lleva una cinta con los colores de la ikurriña, ya desgastada. «Según mis averiguaciones -he hablado con gente de la Policía y del entorno abertzale-, ETA las usaba para condecorar a sus mártires, a los que morían en un atentado. Así que ahora están en casas de viudas y madres [de etarras]». Pone un ejemplo que conoce. Una de ellas le apareció a un anticuario de Vitoria cuando se hizo con los muebles viejos de una familia. Estaba «escondidísima» en el compartimento secreto de un cajón.
La que José Ramón ha comprado ahora por 90 euros -«una ganga»- es distinta: algo más oscura, medio centímetro más grande... Según su estimación, posterior en el tiempo y también menos valiosa, aunque auténtica. No cuelga de una ikurriña sino de una cinta de tela verde. Una parecida a ésta es propiedad del Museo del Espía y, entre exposición y exposición, permanece guardada en un almacén en Galicia. Al museo llegó en forma de donación a través de la familia de un militar fallecido...
En el mundo de las fuerzas de seguridad la rara medalla de latón fue considerada en algunos ámbitos como un trofeo. En julio de 1989, dos periodistas de La Vanguardia hallaron una en el despacho del comandante de paz de la comisaría de Périgueux, en la Nueva Aquitania francesa. El comandante había participado en la operación Sokoa como integrante de las brigadas móviles y se quedó una de las 1.000 medallas que estaban ocultas en aquel sótano. «Es un recuerdo», les dijo. Hay más ejemplares en manos de policías o agentes jubilados. A ambos lados de la frontera.

El hacha y la serpiente

El anagrama inconfundible que ETA incluyó en sus medallas, el hacha y la serpiente entrelazadas, es el mismo con el que siempre ha firmado sus comunicados, acompañado del lema Bietan jarrai, que significa algo así como «seguir en las dos»; continuar en las dos vías: la política y la militar.
El símbolo lo creó en los años 60 un anarquista guipuzcoano llamado Félix Likiniano (Liki), quien tras la Guerra Civil marchó a Francia y se acercó a los planteamientos de ETA, según recoge el historiador Santiago de Pablo en el libro 100 Símbolos vascos (Tecnos, 2016). Uno de los jefes de la banda explicó su significado en un juicio. «El hacha significa golpear y la serpiente, ser inteligente», dijo Mikel Albisu (Antza). Es decir, usar «la fuerza con inteligencia». El periodista y más tarde diputado general de Guipúzcoa con Bildu, Martin Garitano, identificó en el hacha la «bravura» y en la serpiente, «la sagacidad».
Pero, además de en carteles y pintadas, el escalofriante anagrama ha aparecido en colgantes de acero que se vendían por 15 euros a modo de «bono de colaboración», según explican fuentes antiterroristas. Aunque el ejemplar más ridículo que se recuerda lo halló la Policía Nacional en el registro de la casa del dirigente de Batasuna Pernando Barrena: el hacha y la serpiente bordadas en un coqueto petit point.
En su comunicado del pasado septiembre, lo que queda de ETA vino a decir que está debatiendo su disolución y anunció un pequeño cambio de imagen. Su sello seguirá siendo el hacha y la serpiente, como en sus desconocidas medallas, pero ahora las representará sobre madera. En su agonía, la banda terrorista retoma la vieja talla labrada que Liki esculpió en los 60, por eso de enraizarse -y justificarse- en la lucha contra la dictadura, pese a que a la inmensa mayoría de sus víctimas las ha matado en democracia.

http://www.elmundo.es/cronica/2017/12/28/5a3d7159e5fdeaba6c8b456e.html

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Archivo del blog

COMENTARIOS

LO MAS VISTO

Categorias