lunes, 11 de diciembre de 2017

Mossos: Nadie se fía de nadie

Tres de la madrugada del 25 de noviembre. En una terraza del barrio del Born de Barcelona, tres mujeres de fiesta se cruzan con Josep Lluís Trapero y le piden fotografiarse con él. El policía posa con media sonrisa y cigarrillo en la mano; ellas, sonrientes y encantadas. La imagen de aquella noche corrió a toda velocidad entre los Mossos tras ser publicada en Instagram, con hashtag personalizado. La fotografía fue borrada, pero el hashtag permanece.



La acción espontánea de las tres admiradoras revela un hecho indiscutible. El mayor cesado de los Mossos d'Esquadra disfruta aún de la popularidad que se granjeó durante la investigación de los atentados yihadistas de agosto en Barcelona y Cambrils (Tarragona) que costaron la vida a 16 personas.
Tras los ataques, el alud de reconocimientos populares resultó tan abrumador como inédito. El jefe de una policía hasta entonces víctima de una desconfianza intermitente fue homenajeado en camisetas y memes. Cuando el último de los terroristas cayó abatido, una marca de cerveza casera ya había imprimido la cara de Trapero en decenas de botellas a 2,5 euros la unidad. Tres meses después, su fama sigue intacta. Un detalle a priori frívolo lo evidencia. La figura que le representa como caganer -16 euros el ejemplar- es una de las más vendidas este año. Para hacerse una idea del valor que tiene en Cataluña el ránking de las tradicionales figuritas navideñas, Trapero compite por el mismo título con las representaciones de Messi o Carles Puigdemont.
A su condición de celebridad oficial, sin embargo, le acompaña otra: Trapero es un paria policial. El mayor defenestrado ha sido enviado por el Gobierno al ostracismo. Desde finales de octubre sólo tiene acceso a un despacho en la Comisaría de Les Corts. Acude casi cada día y, según fuentes de Interior, se centra en preparar su defensa para el momento en el que sea citado por la juez Carmen Lamela. Juan Antonio Puigserver, emisario del Ministerio del Interior para gestionar a los Mossos tras el 155, le ha dado una tregua para que lo haga. Al contrario de lo que dicta el régimen interno, no le ha abierto aún ningún expediente pese a estar imputado.
La amenaza de prisión que pesa sobre Trapero por un delito de sedición es la consecuencia más llamativa, pero en absoluto la única, que sufren los Mossos a cuenta del procés soberanista. Las heridas más profundas y difíciles de curar en la policía catalana son las que no se ven.
«El daño que ha provocado el proceso se ha extendido por todo el cuerpo», asegura un alto mando. La lista de males que reproduce durante un almuerzo es de difícil o muy lenta solución. Según su análisis, los Mossos están obligados a reparar casi todo lo conseguido en dos décadas. Son las que tardaron en pasar de un cuerpo en pañales a ser una policía madura y profesional.
«Tenemos que reconstruir la relación con los jueces y los fiscales. También con el resto de cuerpos policiales [Guardia Civil y Policía Nacional] y con parte de la clase política. Y por el camino tememos que se rompa también la relación entre la base y los mandos». Como todos los consultados por este diario para este reportaje, el mando ve la guinda de la crisis en el mismo instante: el 1-O.
La llegada tres meses antes al Departamento de Interior de Joaquim Forn -al contrario que sus antecesores, independentista convencido y aún en la cárcel de Estremera- sembró la desconfianza en el Gobierno, la Guardia Civil y la Policía. Trapero acabó por disparar las alertas el 20 de septiembre, cuando agentes de la Guardia Civil estuvieron atrapados durante 18 horas en la Consejería de Economía. «Ese día se nos acabó la paciencia con él y los suyos», sostiene un investigador del instituto armado con el que Trapero ha coincidido en operaciones conjuntas. El papel de los Mossos como invitados de piedra el 1-O fue el empujón final para precipitarles por el barranco de la credibilidad policial.
«Nadie estaba a favor de entrar a gomazos [jerga policial para referirse al uso de las porras], pero enviar a policías sólo con libretas fue un error. No hicimos el trabajo y eso ha matado nuestra imagen como policía neutral políticamente», sentencia un mando crítico con el despliegue.
Una fuente de Interior descarta que Trapero alentara la inacción por afinidad con el procés. Nadie en el cuerpo, cuenta, le sitúa, de hecho, entre el soberanismo. «Seguramente quiso quedar bien con todo el mundo [Govern y jueces] cuando eso ya era imposible», zanja.

«¡Me ha desobedecido!»

Una vez constatado el fracaso de los Mossos a la hora de frenar la votación, unos gritos resumieron el sentir de los estamentos que han roto con la policía catalana. Según recuerdan testigos de la escena, la juez del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC) que ordenó a Trapero evitar la votación no contuvo su enfado en los pasillos del Palacio de Justicia: «¡Me ha desobedecido!» La expresión incluyó también palabras más gruesas.
Desde el 155 ha habido tímidos acercamientos entre el mundo judicial y la policía catalana. El presidente del TSJC, Jesús María Barrientos, ha devuelto recientemente a los Mossos la vigilancia del Palacio de Justicia tras cedérsela parcialmente a la Policía. Desde el Departamento de Interior admiten también que su principal prioridad pasa por volver a contar para fiscales y jueces. Sin su apoyo, los Mossos dejarían de investigar organizaciones criminales o, como temen en la nueva cúpula, ser alejados de la lucha antiterrorista que en agosto les hizo ser conocidos en todo el mundo. «Corremos el riesgo de quedarnos con el patrullaje, tráfico y delincuencia común», alerta un agente. Una visión que no desagrada entre mandos del resto de fuerzas de seguridad del Estado.

Bomba de relojería

El resultado del 1-O forma parte de la historia policial y política de Cataluña. Las escenas de las cargas de la Policía Nacional y la Guardia Civil contrastaron con las imágenes de los agentes de los Mossos. Aplausos, abrazos, llantos y policías que, arrastrados por la emoción del momento -«a todo el mundo le gusta sentirse querido cuando hasta entonces te insultaban», ironiza uno de ellos-, incluso ayudaron a transportar urnas en sus vehículos.
En Mataró (Barcelona) se produjo uno de los actos más exóticos, por perturbador. Ocho agentes de los Mossos se cuadraron a las puertas de su comisaría mientras decenas de personas entonaban Els Segadors, el himno catalán. Fue la respuesta autóctona del «a por ellos» con el que se despidió en localidades de toda España a antidisturbios de la Policía y la Guardia Civil enviados a Cataluña. A los policías de la Generalitat, no obstante, la implicación emocional con la causa promete con pasarles una factura muy cara.
Dos meses y medio después de la votación las consecuencias disciplinarias, judiciales y personales esperan como una bomba de relojería en el seno del cuerpo. El principal temor que recorre las comisarías pasa por el destino de los policías que, obedeciendo en muchos casos órdenes directas, han sido puestos en el ojo del huracán. Unos 200 agentes de base han sido interrogados por la División de Asuntos Internos (DAI). Algunos también han sido citados como imputados por juzgados catalanes.
Una concatenación de causas que, en algunas comisarías, ha dilapidado «toda la relación entre los agentes y sus mandos», apunta el portavoz de una central sindical. «A muchos los enviaron con un rollo de cinta aislante y una carpeta donde había centenares de personas. Y ahora les piden explicaciones», denuncia.
Entre las crisis que faltan por explotar, una destaca entre todas: la investigación que mantiene abierta la Guardia Civil de Cataluña por la inacción de los Mossos. El instituto armado ha requisado cientos de horas de comunicaciones que se realizaron desde los centros de coordinación. Según fuentes de la investigación, de los audios se infiere la «implicación total» de algunos mandos con el 1-O. También falta conocer el contenido del correo electrónico del propio Trapero.
Los lazos con la Guardia Civil y con la Policía son, precisamente, algunos de los que más costará reconstruir. Entre mandos en estos momentos existe frialdad. Entre agentes, los insultos fueron rutina durante semanas. En las comarcas de Lérida y Gerona, agentes de la Policía que se cruzaban con mossos no se cortaban a la hora de llamarles «ratas» o «cobardes».
La crisis también ha abierto incógnitas en la cúpula de los Mossos. Interior desoyó a quienes pedían la decapitación de Trapero y todos los comisarios. Zanjaron el debate con un cambio tranquilo. Ferran López, número dos, ascendió y los movimientos posteriores los ha decidido él. Como admiten en su entorno, el Ministerio «respeta» los pasos que da. También repite que su cargo es «temporal». Bajo ese prisma, hay voces que señalan al comisario Miquel Esquius como una apuesta de futuro. En esa estructura no estarán al menos tres comisarios que han pedido pasar a segunda fila, entre ellos el jefe de escoltas. Uno de sus sargentos prestó ayuda a Puigdemont para escapar a Bélgica.
El Gobierno dice que, superado el 21-D, los Mossos recuperarán su autonomía. Mientras llega el momento, el cuerpo se reconstruye y su policía más popular prepara su defensa. Trapero sólo ha roto su silencio para alejarse de lo que ha acabado con su carrera. Cuando Puigdemont pensó en incorporarle a su candidatura, se alejó a toda velocidad: «Que ni me llamen».

http://www.elmundo.es/cataluna/2017/12/11/5a2d8de0268e3e3b118b45d0.html

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