lunes, 28 de mayo de 2018

"Yo soy la 'bestia' española del racista Quim Torra" (...y soy un vasco de Durango que emigró a Suiza)

El empresario sobre el que el Torra escribió su artículo supremacista
Nació en Durango, fue guardia civil antes de emigrar a Suiza
Torra le llamó "bestia con forma humana", con un "bache en su ADN"
"Entraron en casa después de aquel artículo", denuncia José Manuel Opazo




José Manuel se despertó aquella mañana en Barcelona. Se puso el traje, agarró el maletín y embarcó. El vuelo de Swiss Air salió a las 9.45 horas del aeropuerto de El Prat rumbo a Zúrich. Todo en orden. Pero durante el vuelo algo le hizo torcer el gesto.
Escuchó las instrucciones de la tripulación en alemán, inglés y catalán, pero no en español. No era la primera vez. Por eso, cuando bajó del avión se decidió a mandar una carta a la compañía aérea y otra a la prensa suiza para manifestar su queja: el vuelo partía de España, argumentó, por lo que el castellano debía estar presente en las indicaciones.
Lo que no sabía es que a bordo de aquel avión viajaba también un articulista catalán que iba de visita a Zúrich, donde había trabajado como abogado de la aseguradora Winterthur antes de ser despedido. Para desdicha de José Manuel, el articulista, que se llamaba Joaquim Torra i Pla, leyó su queja e, indignado, decidió dedicarle su columna en el diario catalán El Singular (hoy El Món). Escribió 534 palabras y las tituló La lengua y las bestias.
«Ahora miras a tu país y vuelves a ver hablar a las bestias. Pero son de otro tipo. Carroñeros, víboras, hienas. Bestias con forma humana, sin embargo, que destilan odio. Un odio perturbado, nauseabundo, como de dentadura postiza con moho, contra todo lo que representa la lengua.
(...)
Tienen nombre y apellidos las bestias. Todos conocemos alguna. Abundan las bestias. Viven, mueren y se multiplican. Una de ellas protagonizó el otro día un incidente que no ha llegado a Cataluña y merece ser explicado, como un ejemplo extraordinario de la bestialidad de estos seres. Pobres bestias, no pueden hacer más».
Diez años después de aquel vuelo a Zúrich en noviembre de 2008, el articulista se ha convertido en president de la Generalitat y aquel texto, en una de sus sombras más negras, prueba irrebatible de su ultranacionalismo. Traducido al inglés y al francés, La lengua y las bestias circula por las listas de correo y grupos de WhatsApp de políticos y funcionarios de Bruselas. Sus frases de odio han sido publicadas en The Economist, The New York Times, The Guardian y el Frankfurter Allgemeine Zeitung. Un problema para la cándida imagen internacional del independentismo.
A quien no conocíamos hasta ahora era al otro protagonista de esta historia. Al hombre que, según Torra, representaba a la perfección al ciudadano español arquetípico, incluido el catalán que no comparte su ideario nacionalista. Aunque el hoy president tuvo la delicadeza de no citarlos, la «bestia con forma humana» que le inspiró tiene nombre y apellidos. A veces vive entre los catalanes nacionalistas, como lamentó Torra, y también se ha multiplicado. Se llama José Manuel Opazo Quintas. Es empresario. Reside en Zúrich, aunque tiene negocios en Barcelona, donde empezó a criar a sus dos hijas. Allí se lo encuentra Crónica tras un día largo de trabajo antes de coger un vuelo a la ciudad suiza, como aquel día de noviembre de 2008.
«Sí, yo soy la bestia española de Quim Torra», dice. Nacida en Durango (Vizcaya), por cierto.
-El señor Torra...
-El señor Torra es un racista. Yo diría que un nazi. ¡Se cree parte de una raza superior! Aunque su elección ha sido una gran suerte para los demócratas. Pone encima de la mesa con quién nos enfrentamos.
-Ha dicho que pide disculpas si alguien se sintió ofendido...
-Sus palabras tuvieron consecuencias. Yo no tengo duda de que mi casa en Pineda de Mar fue atacada por su culpa.

Un vasco en la Guardia Civil

La historia de José Manuel Opazo, de 52 años, es larga y agitada, propia de un self made man que huye despavorido de lo políticamente correcto y que reivindica el «valor del ciudadano». Nació el cuarto de nueve hermanos en una familia «no humilde sino pobre» en Durango (como el lehendakari Iñigo Urkullu), donde apenas cumplida la mayoría de edad ya hizo algo poco común para un chico vasco en aquella época: ingresar en la Guardia Civil. A contracorriente. Eran los años 80, los del plomo de ETA. Con 25 años dio otro giro inesperado: emigró a Düsseldorf (Alemania) y de allí, seis meses después, a Suiza.
«Empecé de peón de obra, pico y pala todos los días, limpiando un centro comercial... y así me pagué la Formación Profesional por las tardes». Aprendió alemán, claro, y ya entonces planteó su primera queja lingüística, que aparece recogida en un diario de la época: los profesores le hablaban en alemán suizo [el Schweizerdeutsch, dialecto del alemán hablado en Suiza] y él no lo entendía. «El Ministerio de Educación reaccionó y a partir de entonces todas las clases a las que asistí las impartieron en alemán alto [Hochdeutsch, el alemán culto]». Las lenguas, dice, son para comunicarse. (Qué atrevimiento).
En su país de acogida estudió después Ingeniería Civil. Montó una empresa. Después otra. Con «mucho trabajo y mucho sacrificio», la vida le fue bien. Hoy es dueño de un holding en el cantón de Zug que engloba una constructora, una ingeniería y una inmobiliaria con varios edificios en Suiza, y acaba de culminar la construcción de una parte de un hospital de Zúrich. En 2009, como uno de los accionistas mayoritarios de la constructora alemana Mühlherr-Wagner, llegó a firmar con una empresa de Rodrigo Rato para construir el hotel Catalonia Mitte Berlin, aunque en aquella ocasión el negocio resultó un fiasco. El ex ministro y su socio cancelaron el contrato 15 meses después; según José Manuel, tras impagos sucesivos y con una deuda de 2,5 millones de euros, su empresa tuvo que presentar un concurso de acreedores.
También posee al 51% una sociedad inmobiliaria en Cataluña. Y allí conoció a su actual mujer, Elizaveta, una rusa licenciada en Marketing que vivía en Calella, municipio costero del Maresme. El matrimonio, que ha tenido dos hijas, reside en Zúrich, aunque durante nueve meses de 2013 la familia al completo vivió en Cataluña. En el sistema de enseñanza José Manuel se topó de nuevo con el problema de la lengua.

En una guardería catalana

«A la mayor la metimos en una guardería pública de Calella, porque nosotros queríamos que nuestra hija fuera al sistema público. Nos dijeron que la enseñanza iba a ser bilingüe, pero al cabo de los meses vimos que sólo era en catalán. Yo expliqué a la dirección que no tengo nada contra el catalán. ¡Cómo voy a tener algo contra los idiomas si yo hablo seis! Pero quiero darle a mi hija un idioma potente que hablan millones de personas, como el español. Y si además sabe chino, ¡mejor!». Desistieron. La trasladaron a la Zürich Schule de Barcelona. Un colegio privado.
«Están aquí, entre nosotros [escribió Torra]. Les repugna cualquier expresión de catalanidad. Es una fobia enfermiza. Hay algo freudiano en estas bestias. O un pequeño bache en su cadena de ADN. ¡Pobres individuos! Viven en un país del que lo desconocen todo: su cultura, sus tradiciones, su historia. Se pasean impermeables a cualquier evento que represente el hecho catalán. Les crea urticaria. Les rebota todo lo que no sea español y en castellano».
«Para mí, Cataluña es mi tierra», dice José Manuel. «Como Bilbao. En Cataluña he vivido, tengo negocios, tengo una casa... Probablemente yo amo a Cataluña más que él. La pena es que desde hace meses ya nadie quiere invertir en Cataluña».

El vuelo en Swiss Air

En sus habituales viajes de trabajo entre Barcelona y Zúrich fue cuando el empresario vasco comprobó que el español había desaparecido de las instrucciones a bordo de los vuelos de Swiss Air, y se quejó.
Así lo contó Joaquim Torra:
«Una de las escasas compañías aéreas que vienen aceptando con normalidad el catalán es Swiss Air. Si han cogido alguno de sus vuelos, habrán comprobado como se viene utilizando nuestra lengua a la hora de despegar o aterrizar. Una excepción, ya que con el resto de compañías venimos siendo tratados exactamente como lo que somos, la última colonia en tierras europeas.
Pues bien, hace un par de semanas viajaba en un vuelo de Swiss una de estas bestias. Al llegar al destino, se anunciaron en catalán las típicas observaciones previas al aterrizaje. La bestia, automáticamente, segregó en su boca agua rabiosa. Un hedor de cloaca salía de su asiento. Se removía, inquieta, desesperada, horrorizada por oír cuatro palabras en catalán. No tenía escapatoria. Un sudor mucoso, como de sapo resfriado, le manaba de las axilas.
Hay que imaginarse a la bestia, ¡después de tanto tiempo!, ellas que pueden vivir en su mundo español sin ningún problema, escuchando cuatro palabras en una lengua que odia. Indignada, decidió escribir una carta en un periódico alemán de Zúrich, quejándose del trato recibido ya que «se violaban sus derechos» al ser el castellano la «primera» lengua oficial de España. Y, a toda plana, la queja de la bestia salió publicada».
Por entonces José Manuel Opazo era militante de UPyD en Cataluña -la aventura duró dos años- y con el sello del partido de Rosa Díez envió su carta a la compañía aérea. Lo que la prensa catalana destacó entonces fue que José Manuel equiparaba a los nacionalistas catalanes con los nazis y que llamaba «dialecto» al catalán. Razonaba, en todo caso, que excluir el español de la ruta Barcelona-Zúrich sería como emplear sólo el dialecto suizo y no el alemán. Ese mismo diciembre de 2008, Swiss Air le hizo caso: incorporó el español. A cambio, eso sí, de eliminar el catalán. («Volví a contactar con Swiss Air y les expliqué que el problema no era el catalán, que lo volvieran a incluir. Pero me dijeron que no iban a dar las instrucciones en cuatro idiomas»).
La polémica estaba servida en Cataluña. En parte, porque el terreno del victimismo estaba abonado: el precedente lo había sentado apenas seis meses antes Air Berlin. La Dirección de Política Lingüística del Gobierno balear, entonces en manos del presidente socialista Francesc Antich, había recomendado por carta a la compañía alemana que potenciara el catalán en los vuelos con destino a las islas. Pero Air Berlin se negó: les supondría un coste económico «inasumible». En la revista de la compañía, su director general, Joachim Hunold, se mostró categórico: «¿Les tengo que dar cursos de catalán por decreto a mis empleados? ¿Y los que vuelan a Galicia o al País Vasco querrán que nos dirijamos en gallego o en vasco? ¿Es que ya no hablan en castellano? La partición de España en nacionalismos regionales es de hecho un retorno a los mini estados medievales. Hasta ahora pensaba que vivíamos en una Europa sin fronteras». El artículo iba acompañado con una viñeta que decía en alemán castizo: «Si vinieran a Baviera los catalanes estos, tendrían que hablar el bávaro. ¡Maldita sea!».
La Generalitat catalana, entonces en manos del socialista José Montilla, se sumó a la batalla haciendo pública su «protesta formal» por el «menosprecio» de Air Berlin a la lengua catalana.
En ese ambiente aterrizó la carta denuncia del militante de UPyD, que desencadenó la decisión de Swiss Air de sustituir el catalán por el español. Como era de esperar, el asunto enfadó al nacionalismo. Falta de respeto, menosprecio... El tripartito presionó a la empresa suiza y hasta el secretario de Estado de Transportes del Gobierno de Rodríguez Zapatero se comprometió a mediar con las compañías aéreas en nombre del Estado. (Era el mal menor, el paso previo a que una Cataluña independiente pudiera obligarlas a emplear el catalán; en palabras del entonces secretario catalán de Política Lingüística, Bernat Joan, de ERC: el paso previo a que Cataluña pudiera ejercer la competencia «plena» en sus aeropuertos, «tal como correspondería a un país realmente autónomo»).
Lo que no salió en los periódicos fue lo que el 27 de junio de 2009, seis meses después de la queja de José Manuel y del consiguiente artículo de Joaquim Torra, se encontró el empresario vasco en su piso de Pineda de Mar, localidad costera de la provincia de Barcelona: «Mi mujer y yo habíamos estado el fin de semana visitando a mi madre y cuando regresamos y abrimos la puerta nos encontramos con la casa destrozada. Los muebles por el suelo, los armarios abiertos, los cuadros tirados... Nos habían entrado en casa. Pero no habían robado nada: allí seguían el dinero, dos cámaras fotográficas buenas...».
El matrimonio avisó a los Mossos d'Esquadra, que acudieron al domicilio y tomaron huellas dactilares, cuenta José Manuel. «Me dijeron que probablemente tenía algo que ver con la política, que parecía un aviso, porque no se habían llevado nada y no tenía sentido», añade. «Estoy convencido de que me atacaron la casa por culpa de Joaquim Torra».
«¿Cuándo acabarán los ataques de las bestias?», preguntó el ahora president al final de su artículo. «¿Cómo podemos en 2008 aguantar tanta vejación, tanta humillación y tanto desprecio?».
http://www.elmundo.es/cronica/2018/05/28/5b0857c2ca47410c218b476e.html

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