martes, 5 de junio de 2018

Els segadors de lazos amarillos

Una noche 'empotrados' con un comando de los Segadors del Maresme, en su cruzada contra la 'basura amarilla' que inunda pueblos, ciudades y playas
Y la virulenta actitud de los Mossos con estos 'segadores', que toman el nombre del célebre himno. Y siguiendo su letra, dicen: "Es la hora dels Segadors, de limpiar de consignas los pueblos del Maresme"




En su mayoría son 'taberneses' y se erigen como la resistencia ante la ocupación 'indepe' de los espacios públicos y la pasividad de las autoridades
«¡Tienen ustedes un tapón en el cerebro! ¡Un evidente tapón!». Se lo está enjaretando a pulmón lleno un sargento de los Mossos d'Esquadra a la coordinadora de esta noche toledana. La escena tiene lugar el miércoles pasado en el municipio de Vallromanes (Vallés Oriental, Barcelona): una brigada de segadors (referencia irónica al himno nacional catalán) acaba de hacer una limpia de lazos plásticos amarillos y demás parafernalia doctrinaria del independentismo catalán en la vía pública. No han pasado 30 segundos y dos centinelas de los Comités de Defensa de la República (CDR) alertan a la Policía, que se presenta en el lugar con actitud flagrantemente incriminatoria hacia los «limpiadores» y ante las cámaras de los independentistas que todo lo filman para identificar y luego acosar a los feixistes enemigos de la patria.
Se autodenominan Segadors del Maresme (circunscripción territorial). Son ciudadanos anónimos y variopintos pero hartos de las consignas impuestas por el independentismo; en concreto, ese manto amarillo y estelar que hoy cubre sin tregua y mayormente en plástico la geografía catalana. Pura doctrina no sólo mediática, escolar o política, sino y también, física: los lazos amarillos se cuentan por kilómetros a lo largo de las autopistas, avenidas, alamedas arboladas, sedes y organismos, parques y jardines y resto del espacio público: un groc estelado(amarillo estrellado) y omnipresente con el que convivir, opiniones al margen del mantra.
«Será que no vemos la TV3», respuesta del segador de turno a la autoridad pública, que está comprobando sus identidades y, hora y media después, permitirá que sigan su marcha no sin antes requisar algunos aperos para la siega. El operativo de esta noche se compone de cinco equipos motorizados que han estacionado sus vehículos a lo largo de la bucólica alameda de entrada al pueblo, para limpiar o «segar» el plástico amarillo que tapiza la baranda de madera a lo largo de la calzada, además de árboles, farolas y tendido de luz, a más de los lazos que como señales de circulación pintan el asfalto aquí y allá (las pintadas no se tocan). Cada grupo va escoltado por un elemento escoba que recoge la cosecha en bolsas de basura. Han pasado apenas 20 segundos contados (el tiempo de hacer un cambio de sentido para atender la escena de frente), y ya se observa una individua móvil en ristre llamando, puede que a los CDR, que llegarán al grito de «feixistes fora de Catalunya», puede que a la Policía. Segundos más, y otro individuo está grabando la escena.
Segadors del Maresme es una de las tres brigadas de «limpieza» del espacio público de la provincia de Barcelona, junto a Groc & Lloc (amarillo y lugar) y Brigada 155. Llevan operando, con nocturnidad siempre, desde octubre, poniendo especial énfasis en lugares de interés natural como playas y proximidades de bosques y parques naturales. Ciento un kilómetros de costa han barrido, evitando que el viento ahogue en el mar colindante el temido plástico, y una superficie de 773.300 hectáreas; y continúan barriendo, porque lo que descuelgan o desclavan (incluyendo el cementerio ambulante y playero de cruces amarillas) vuelve a reponerse indefectiblemente y de modo inmediato.
El gasto de plástico está subvencionado, cuentan, no sólo por Òmnium y la ANC (quienes asisten a los organizados CDR), sino y además por las corporaciones locales de signo indepe. Hablan una lengua de guerrilla, sus acciones sólo salieron a la luz en la batalla playera de Canet (y luego explicaré por qué) y protegen su identidad con gorros, pañuelos, antifaces, caretas y similares. Actúan en silencio y ¡vuelan!: prohibido pararse, hablar, contestar, insultar o mirar a la cara si les recriminan, lo que sucede casi siempre; hacer ruido y dejar basura.
Sus argumentos: 1) el espacio público es de todos; 2) la simbología independentista es un mensaje de odio, y 3) esto no es una república. Objetivo: evitar el enfrentamiento, «esto está muy caliente» -habla Gabriel, voz cantante de los segadores cuyo coche negro apareció días atrás estampado de lazos amarillos al spray. «El día que haya un muerto esto se acabó, hay que evitar el enfrentamiento y buscar la paz como sea, pero no podemos aguantar más esta imposición; esta lucha no se libra en Cataluña contra España, sino contra Cataluña. Desde arriba lo han hecho fatal, así que nosotros lo intentamos hacer desde abajo».
Para evitar el enfrentamiento salieron a la luz sobre la arena de Canet el lunes de la Segunda Pascua. Les dieron el agua: grupos ultraderechistas venían a desmantelar el cementerio ambulante buscando la consecuente guerra. Ellos pidieron permiso a la Policía local para adelantarse, la Policía apenas les preguntó qué harían con las cruces (sic) y ellos, traérselas a su depósito, donde yacen desde entonces, prueba de la trifulca que se montó, les zarandearon los CDR, hubo a pie de mar más que gritos, insultos y amenazas de guerra.
Aperos imprescindibles de los brigadistas nocturnos: cúteres, tijeras, bolsas de la basura y lanzaderas, especie de picas a modo de las que se usan en el agro para cosechar los frutos en lo alto de los árboles; cualquier palo de metal largo les sirve, el de la brocha de un pintor o el de limpiar el fondo de piscina, provisto en su extremo de un gancho cortante como una pequeña hoz. Volumen de la cosecha a día de hoy: supera el millar de sacos de basura (medio millón de bolsas, aquí no se ponen de acuerdo los portavoces), henchidos de plástico amarillo y alguna señera estelada que en la operación Troya esparcieron cubriendo un campo de fútbol y que próximamente, operación Dron, ya veremos tapizar campo y medio.
Volvemos a Vallromanes en la noche del pasado miércoles. Escena uno: menos de dos minutos llevan segando la alameda de lazos y hace su aparición una pareja de la local, que sale del coche patrulla a la voz de: «¡¿Saben que está prohibido ir encapuchado?! ¡Tengo que denunciarlos!». La coordinadora Iris (vecina y conocedora del lugar, galerista de arte en Barcelona) se descubre el rostro (que quedará registrado para su difusión en las redes sociales de los CDR, que identifican y luego acosan y asaltan con pintadas y amenazas tu coche y tu casa). «¡Agente, estamos limpiando el pueblo!». Y él, con sorna, «no me tomes el pelo» (aunque a la sazón ya es calvo el agente).
Al que graba sin perder ripio la escena le preguntaré con tono ingenuo y libreta en ristre por qué lo hace, si acaso es prensa local, y «¡no sóc premsa, sóc del país!» (no soy prensa, soy del país), invitación a alejarme o también me graba (sospecho que ya lo ha hecho, como también que mediada la noche me habré ganado una multa por mal aparcamiento a la entrada de una finca desierta pero con vado).
No cuento más los minutos porque esto es un contínuum, un rosario de coches armados que a continuación serán Mossos d'Esquadra llegados veloces desde Granollers, capital de comarca. Hasta cuatro harán presencia, altamente intimidatoria. «¡Documentación!». Agente (misma voz de no romper un plato), ¿a los de la vera opuesta, los que están grabando, también les pedirá que se documenten? Porque aparentemente, y ya son siete los sujetos observadores, muchacha de prominente embarazado incluida, blanco el atuendo sobre su vientre como blanca riela en el cielo la luna casi llena, ningún uniformado se ha dirigido a ellos. «Pregúntele a mi superior», responde.
Cedo la palabra a los segadores, en un diálogo inverosímil: «¿Quién es su superior?». Mosso uno, «el de los galones». Segador, «¿quién lleva galones aquí?». Mosso dos, «no, aquí somos todos del mismo rango». A nosotros nos dirá que llamemos al portavoz de la Policía local a la mañana siguiente. Segador: «¿A los que cuelgan lazos de plástico en los árboles les piden el DNI?». No hay respuesta, pero según testifican los nocturnos limpiadores, el espacio público se ensucia sin cortapisa y, mayormente, con respaldo y algarada municipal. Llega una última patrulla de Granollers con sargento al mando y se produce la escena tres, con la que arrancábamos la crónica, la del tapón en el cerebro.
Hora y media más tarde, pasada la media noche, los equipos vuelven a reunirse en el parking público de la vecina Alella, donde Quique, Brigada 155, tabarnés, padre de una pequeña a la que llevará al colegio mañana con el alba, propietario de un café en el barrio barcelonés del Raval cuya persiana levantará a las 9:00 a.m., acomete el remate final de su «siega» de la semana. Él solito ha limpiado todo el pueblo, del que es vecino, y esta noche de luna trepará al poste sobre la carretera para descolgar el enorme cartel donde, a modo de señal de circulación, reinterpretada en grueso corchopán, el conductor lee: «Alella, Municipi de la República Catalana. Alcalà Meco, 599. Estremera, 657. Soto del Real, 658» (kilómetros, se sobreentiende).
La comitiva de brigadistas enfila la autopista dirección al núcleo «duro» de Vilassar de Dalt, en cuya avenida central, Riera de Targa, centenarios plataneros soportan como torniquetes anchas tiras de plástico consignadas de voces de un cansino procés. Son 150 piezas a uno y otro margen de la arboleda, que a los 300 metros gira y continúa en una perpendicular más estrecha. Las imágenes, enmarcadas en una arquitectura modernista en miniatura, precioso el lugar, se suceden en silencio sepulcral porque duerme el pueblo, al filo de la una y media de la madrugada ya; y que duerma porque tienen los vilassarencs fama de gente aguerrida. Una furgoneta blanca merodea, y los brigadistas ya no ven sino troncos a los que alzarse o trepar. Salvan el plástico que enjaeza una maravillosa masía de piedra («la propiedad privada no se toca») pero las ristras proliferan calle adelante hasta la recoleta y bucólica placeta de Barbarà, donde sus pasos darán la vuelta, sudados sus rostros del esfuerzo detrás de las máscaras.
«Ha sido una limpieza rápida», se jacta Albert a mi oído en la retirada. «Y apunta esto: no sólo limpiamos el espacio público, sino que liberamos a la gente que cada día tiene que tragar con el ideario impuesto y pasar bajo los lazos y consignas, porque aquí nadie se atreve a abrir la boca», mucho menos a rasgar una lazada, cuenta, orgulloso de cómo ha tuneado una pequeña hoz para hacer injertos y cortar las malas hierbas. Detalle: si mide su filo más de lo estipulado, la Policía requisa la lanzadera como acaba de ocurrir allá en Vallromanes. Albert, más de mediana edad, proveedor de material para los servicios públicos de la Generalitat, harto de callarse ante los clientes, de abrumadora mayoría indepe.
Se recogen en sus coches en dirección al parking de encuentro y a sus casas, larga la noche y temprana la mañana: a las nueve vuelven a actuar los portavoces, esta vez a las puertas del recinto modernista (antiguo hospital) de Sant Pau, donde les denegarán el acceso. Llevan cientos de bolsas de plástico amarillo que quieren «donar» en presencia de la Dirección de Medio Ambiente de la Comisión Europea, que el jueves pasado presentó su «primera estrategia europea sobre los plásticos». Acogida la jornada por las autoridades catalanas y los empresarios del sector, ostensible lazo amarillo en la solapa de su mayoría, les fue impedido el paso y la donación, y aquel amarillo que tiñó la acera a las puertas del Sant Pau volvería a sus galpones: cosecha non grata.

http://www.elmundo.es/cronica/2018/06/05/5b142271268e3e744c8b45bd.html

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