miércoles, 27 de junio de 2018

Las dos heroicas amas de casa que 'desmantelaron' la cúpula de ETA haciendo turismo en un cementerio

Se llaman Margarita y María del Carmen, y acaban de recibir una medalla por su anónima hazaña
En 1992 fingieron ser turistas para que la Guardia Civil pudiera grabar una cita entre etarras en Francia
Dos meses después, la banda recibió su mayor golpe. Ésta es su historia




Todo empezó con tres folios muy finos enrollados como un cigarrillo y ocultos dentro del asa de plástico de una bolsa con ropa sucia perteneciente a un preso.
Como en una película carcelaria, aquellos tres folios contenían una carta a ETA con un plan de fuga ideado por el recluso: un helicóptero aterrizaría en el patio del centro penitenciario Ocaña I en Toledo y lo sacaría junto a sus compañeros de filas.
«Kaixo, lagunak [amigos]:
Desde la cárcel de Ocaña-I os planteamos una idea para que nos digáis hasta dónde podéis ayudarnos. Lógicamente, se trata de una fuga y pensamos que el método del helicóptero es el mejor y más fácil, entre otras cosas porque todavía no está realmente quemado y hay que usarlo antes que los traficantes...».
El primer paso consistía en que esos tres folios llegaran a la cúpula de ETA para que ésta proporcionara dinero, documentación falsa y pistolas a varios simpatizantes que se habían presentado voluntarios para ejecutar el asombroso plan. Por eso en aquellos papelitos figuraba una lista de citas, con fecha, lugar y contraseña, al otro lado de la frontera, en Francia.
«La primera cita será el 28 de diciembre, y las siguientes el primer y tercer sábado de cada mes. Hora, las cuatro de la tarde, y de seguridad una hora después. Lugar, la iglesia-cementerio de Guéthary. Contraseña: Vosotros preguntar (sic): ¿Tú eres Jesús? Él contestará: No, soy Juan. También llevará un foulard-pañuelo negro al cuello».
Lo que el preso de ETA no sabía era que la bolsa, en un momento de su recorrido desde que salió de prisión hasta que llegó a los dirigentes de la banda terrorista, fue interceptada por un confidente. Éste se la entregó a la Guardia Civil, que encontró los tres folios, los fotocopió y volvió a dejarlos donde estaban, de modo que el envío llegó a su destino. Así empezó, según el relato de la Benemérita, una operación que arrancó como un experimento pero que en marzo de 1992 terminó nada menos que con la caída de la cúpula de ETA en la localidad francesa de Bidart.
Se han escrito varios libros sobre aquello, pero lo que se desconocía hasta ahora es que en la preparación del golpe, el más duro a la banda desde su nacimiento, dos mujeres desempeñaron un papel clave. No eran policías ni guardias civiles; tampoco terroristas. Eran dos amas de casa, civiles, madres de familia gallegas, que hace 26 años -en el 1992 de los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Expo de Sevilla- se jugaron la vida haciendo un paripé en un cementerio a tan sólo unos metros de uno de los máximos jefes de ETA. Se llaman María del Carmen y Margarita y este mes han recibido por primera vez una medalla por sus servicios. Ahora que puede contarse, ésta es su historia.

La primera cita: el pañuelo negro

La primera cita estaba prevista para el 28 de diciembre de 1991 en la iglesia-cementerio de Guéthary, una villa francesa a unos 12 kilómetros de Hendaya. Allí se presentó el Servicio de Información de la Guardia Civil con sede en el cuartel donostiarra de Intxaurrondo. Al mando de aquellos hombres estaba Enrique Rodríguez Galindo, que nueve años después sería condenado por terrorismo de Estado. Entonces lo que tenía entre manos era una operación que brindaría grandes resultados en la lucha contra ETA.
A las cuatro de la tarde de aquel día llegó a la plazoleta del cementerio de Guéthary un hombre en bicicleta. Según pudieron averiguar los agentes, era Francisco José Francisco Rollán, un guipuzcoano de 26 años que trabajaba en la Papelera Española de Rentería. Como dictaba el plan, José Francisco (al que llamaban Patxi) se colocó un pañuelo negro en el cuello para que el enviado de la cúpula de ETA le identificara. Como no apareció nadie, se volvió pedaleando al País Vasco.
El sábado siguiente, 4 de enero, se produjo la segunda cita. El mismo tipo cruzó de nuevo la frontera en bici y apareció en el cementerio francés. Pero esta vez hubo más suerte: de un Renault 19 blanco bajó un hombre de ojos claros y saltones y con el pelo rubio rizado con una calva en la coronilla.
¿Quién era aquel hombre rubio? ¿Quizá uno de los dirigentes de ETA más buscados? Los agentes tardarían aún unos días en descubrir su identidad, pero estaban seguros de que habían dado con un peso pesado. Así que en la siguiente cita debían procurar acercarse al máximo: grabarle, escucharle... Tirando del hilo, podían conseguir lo que nadie había logrado antes: llegar a la dirección de ETA al completo, formada entonces por un trío que recibía el sobrenombre de Artapalo: Francisco Múgica Garmendia (Pakito), José María Arregui Erostarbe (Fiti) y José Luis Álvarez Santacristina (Txelis). En aquel momento fue cuando entraron en escena las dos mujeres que protagonizan esta historia.

La tercera cita: dos familias

María del Carmen de la Vega era la esposa de José María, un sargento del grupo Rojo 10 de Intxaurrondo; tenían una hija en común. Margarita Domínguez estaba casada con Bernabé, guardia del mismo grupo, y a su lado criaba a dos hijas. Las dos vivían con ellos en el cuartel.
Sólo cabe imaginar sus reacciones -ambas han declinado hablar con Crónica- cuando escucharon la propuesta de sus maridos aquel enero de 1992, recién pasada la Navidad. Probablemente les explicarían que la iglesia-cementerio era un lugar muy difícil para pasar inadvertido: situada en una plaza a la que se llegaba por una calle estrecha, en lo alto de una colina, por allí pasaba muy poca gente y nadie, en cualquier caso, que hablara español. Además, los agentes españoles no podían operar en territorio francés. Por todo ello los guardias civiles necesitaban orquestar una simulación que les diera cobertura. Las dos mujeres debían hacerse pasar por turistas junto a sus maridos y sus hijas para que los etarras no desconfiaran. Dijeron que sí.
Sábado, 18 de enero de 1992. Faltaban ocho minutos para las cinco de la tarde cuando una cámara de la Guardia Civil registró a ambas familias. En la imagen que reproducimos en esta página se los ve paseando, aparentemente despreocupados, como cualquier grupo de matrimonios amigos.
Pronto llegaría la recompensa. En el mismo escenario aparecieron Patxi, sonriente, a bordo de una bici de montaña y mochila a la espalda, y el hombre rubio, que lo saludó efusivamente. Después ambos se dirigieron hacia la playa del pueblo, donde la Guardia Civil también había colocado micrófonos. Allí el rubio le entregó a Patxi un millón de pesetas para la compra de material y los gastos de viaje que acarreaba el plan de fuga. También le ordenó que alquilara un piso en Madrid y buscara un lugar en la Casa de Campo para que el helicóptero pudiese aterrizar... El cotejo de fotografías en el cuartel terminó revelando su identidad. Se trataba de José Luis Álvarez Santacristina, Txelis, máximo responsable del aparato político. Un pez gordo.
A partir de ahí la denominada operación Broma Queso -broma, porque arrancó el Día de los Inocentes, y queso, por discurrir en Francia-, en la que participaron más de 50 agentes, siguió adelante con éxito. El seguimiento a Txelis acabó conduciéndolos hasta el caserío Txantxangorria, donde el 29 de marzo culminaron más de dos meses de seguimientos, operaciones encubiertas y esposas de guardias civiles haciéndose pasar por turistas. Cayó Txelis, cayó Fiti y cayó Pakito. Y a partir de ahí se desbarataron varios planes de ETA: se capturó al comando Mugarri, se arrestó a un traficante de armas que surtía a la banda... y Juan Carlos Balerdi, el recluso que soñaba con fugarse en helicóptero, vio truncada su huida. Ya en la cárcel, el propio Patxi, el ciclista, admitió que la de la Guardia Civil había sido «una jugada maestra».
Margarita y María del Carmen, que entonces sólo fueron recompensadas con sendos ramos de flores, recibieron el aplauso que merecían este 11 de junio en la entrega de medallas de la asociación Dignidad y Justicia, que preside Daniel Portero. Margarita es ya viuda y vive aún en San Sebastián. El marido de María del Carmen sigue en activo. Cuando les entregaron la distinción ambas sonrieron, aunque prefirieron no hablar ni salir en las fotos. Veintiséis años después, quieren seguir en las sombras.
http://www.elmundo.es/cronica/2018/06/27/5b2fb024e5fdea9d5e8b464f.html

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