viernes, 13 de julio de 2018

Que ese cuerpo (de policía) no pase hambre

Corría el año 2012, España le cantaba al rescate bancario con más desgarro que Bibiana Fernández en Sálvame, el euro se tambaleaba como un santo abstemio tras cuatro ‘piscolas’ (pisco + Coca-Cola, popular combinado en la región andina) 




y yo, con las noticias funestas que me llegaban de la madre patria, me planteaba romper mi pasaje de vuelta a España y quedarme en el Perú emulando al Inca Garcilaso de la Vega, delfín de los escritores del Nuevo Mundo e historiador consumado, que con sus Reales Comentarios registró los ancestros del ceviche, el uso del ají a gogó y esos otros alimentos como la papa, el maíz o el cacao que tanto han proporcionado a la culinaria mundial.  
Arequipa, sin TripAdvisor y con pocos soles -la moneda, aunque de los de Repsol, tampoco-. Hambre. Mucha hambre. Enfrente del hostal, una pequeña cantina de paredes desconchadas e iluminación tintineante. En su interior, un policía obeso con el uniforme manchado y descolorido que daba buena cuenta a un plato de chairo -una potente sopa con poderes sanatorios-, varios rocotos rellenos y un platillo de ocopa con papas hervidas. Si hay polis se come rico, dijo alguien. Vaya que sí.
El agente Dale Cooper se obsesionaba con la cherry pie y el café del Double R Diner de Twin Peaks; el commissaire Maigret era asiduo a los almuerzos de Le Cépage Montmartrois; el sibarita sabueso de Pepe Carvalho y su ayudante Biscuter se las sabían todas en Barcelona...  ¿Y los cuerpos de seguridad y protección de València?


¿Lo de siempre, agente?

El Forn del Desamparats, en Velluters -tradición y dolçor desde 1910- es uno de los puntos de avituallamiento usuales de la Policía Nacional. Allí los agentes acuden a por la caracola de chocolate y el café con leche de rigor de la tarde. «¿Qué te pongo de meriendita, tete? ¿Mini croissants y Choleck, como siempre?». Las dependientas preguntan con complicidad y bajo la atenta mirada de la imagen de la Virgen dels Desamparats al hercúleo grupo uniformados de azul.
No lejos de allí, en la Gran Vía de Ramón y Cajal, al lado de la Jefatura Superior de Policía Nacional, se encuentra el Pomper, un bar de toda la vida, con su vitrina protegiendo las ricas viandas, su merchandising del Valencia CF, sus policías haciéndose l'esmorçaret  «Vienen sobre todo a desayunar por la mañana, a almorzar -comen bien- y a echarse cafés. Algunos, cuando acaba el servicio, se echan unas cervecitas. Pero eso no lo digas». Lo cuenta Nati, la camarera, mientras sirve -a unos pintores, todo correcto- copazos de Larios y raciones de morro frito.

Come como un local
Además de la concurrida cantina de la central de la Avenida del Cid, la Policía Local de València frecuenta el Mesón la Cepa, en Archiduque Carlos. Esta fonda tradicional es el lugar de reunión para las ocasiones especiales: ajoarriero de premio, arroces, producto de mar y arriesgadas combinaciones de piña y salmón ahumado. Hay más: el municipal de Extramurs que repone fuerzas con los imprescindibles bocadillos de Rojas Clemente; los de la Autoridad Portuaria que, mientras se sirven los últimos gin-tónics de la velada en Azul Sunset Point, apuran cafés y sándwiches fríos para pasar la ronda nocturna.
Otro spot esencial, la cafetería del instituto Luís Vives, lugar en el que futuros delincuentes juveniles y policías de servicio se unen bajo el embriagador aroma de un bocadillo de tortillas de patatas con alioli (industrial).

https://valenciaplaza.com/los-peores-errores-gastronomicos-del-turista-despistado-y-como-subsanarlos?image=1

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