viernes, 21 de septiembre de 2018

¿Para qué sirven los Mossos?

A mediados de los años 90, un alto cargo de los Mossos d’Esquadra, independentista y amigo de mucha confianza, me confesó que la mitad ingresaban en el cuerpo por influencia de las espectaculares películas policíacas norteamericanas y la otra mitad porque creían que en un momento dado se convertirían en el ejército de liberación de Cataluña. 
Los Mossos impiden que una marcha a favor del castellano en la escuela llegue a plaza Sant Jaume.


Parecía bastante inverosímil, pero retuve el dato. Ahora creo que las percepciones de mi amigo, muy en contacto entonces con los mossos de a pie, eran exactas. Lo hemos comprobado en este último año, en estos mismos días pasados y, si nadie lo remedia, en las complicadas semanas que se avecinan.
Ayer, 20 de septiembre, mientras escribo este artículo, se cumplió un año del asedio a los guardias civiles que, por mandato judicial, estaban registrando el Departamento de Economía, en la Rambla de Catalunya junto a Gran Via. En ese día, tres coches de la Guardia Civil fueron literalmente abollados delante del edificio del Departamento por los manifestantes convocados a través de las redes sociales. Algunos de los dirigentes nacionalistas hoy encarcelados se subieron encima de estos coches para arengar a los allí congregados, desde primeras horas de la mañana hasta la madrugada del día siguiente. La secretaria judicial, delegada del juez para comprobar que dicho registro se llevaba a cabo con las garantías debidas, según la finalidad y límites señalados en el auto judicial, tuvo que salir por la azotea. Los guardias civiles, cuando pudieron. El golpe contra el Estado de derecho que había empezado en el Parlament los días 6 y 7 de septiembre, aquel día continuó. Con violencia.
¿Hicieron algo los Mossos para impedir este asedio? Si lo intentaron, su eficacia fue nula aunque, probablemente, lo consintieron. En ambos casos, tanto si fueron ineficaces como si lo consintieron, no parece que cumplieran con su deber. Ahí deben depurar sus responsabilidades jurídicas, penales y disciplinarias, sus jefes, el mayor Trapero y el resto de la cúpula policial catalana, hoy investigada o procesada por estos y por otros sucesos, más graves todavía, todos espléndidamente narrados en El naufragio, el reciente libro de Lola García, directora adjunta de La Vanguardia, editado por Península.
Ayer, el Govern de la Generalitat conmemoró el lamentable acontecimiento. En Cataluña, el Parlament está cerrado hasta nueva orden, pero las máximas autoridades de la Comunidad empiezan a celebrar las gestas más importantes del golpe de Estado. Así están las cosas en nuestra democracia. Quienes están diciendo que la situación en Cataluña está en vías de normalizarse no creo que estén bien informados.
Ha pasado un año. Los datos del orden público son alarmantes porque la Guardia Urbana de Barcelona y/o la coordinación entre urbanos, mossos y policías nacionales no funciona: los ciudadanos se sienten desamparados. Entre enero y junio de este año, la escalada delictiva en Barcelona no cesa, ha llegado a los 21 delitos por hora, un 20,5% más que en el mismo período del año anterior (12,7% en toda Cataluña), mientras que en Madrid ha aumentado el 1,3%, ha disminuido en otras comunidades como Andalucía o Valencia, y repunta con máximos en España de alrededor del 5% en País Vasco y Navarra (también con policía autonómica propia). Ciertamente, en esto Cataluña tiene un claro “hecho diferencial” negativo.
Pero los Mossos son un caso muy especial, no son ineficaces solo en delincuencia común. En apariencia, por lo menos, parecen dar una clara permisividad a los CDR, estas bandas independentistas violentas que imponen su fuerza y vulneran impunemente los derechos de los demás ciudadanos. El último caso ha sido una manifestación en la plaza de Sant Jaume, debidamente autorizada, en defensa del bilingüismo escolar, un principio constitucional. Pues bien, horas antes los CDR alertaron de dicha manifestación y se ocupó la plaza mediante una llamada “Acampada per la llibertat” con el esperpéntico Bentanachs —ex Terra Lliure— al frente, impidiendo así que se llevara a cabo. Los Mossos, impasibles, permitieron una concentración no autorizada y dejaron desamparados a quienes, conforme a la ley, querían ejercer, al manifestarse, su libertad de expresión. ¿Un caso de prevaricación?
Alejandro Tercero, en el diario digital Crónica Global, hoy imprescindible para conocer la realidad catalana, pedía un 155 parcial para que los Mossos fueran dirigidos directamente desde el Ministerio del Interior. Creo que tiene toda la razón, hay motivos suficientes para ello: los Mossos, como ejército de liberación, campan a sus anchas.
Francesc de Carreras es profesor de Derecho Constitucional.

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