miércoles, 27 de marzo de 2019

Este es Carlos, el guardia civil 'adiestrador' de perros que se pegó un balazo en la cabeza delante de su mujer

La visión del suicidio ha sido influenciada por diversos temas como la religión, el honor y el sentido de la vida (Un guardia civil se pega un balazo en la cabeza en la residencia donde trabaja su mujer).
Tradicionalmente las religiones abrahámicas lo consideran un pecado, debido a su creencia en la santidad de la vida.
Durante la era de los samuráis en Japón según wp, el harakiri era respetado como una manera de resarcir un fracaso o como una forma de protesta.
El satí, prohibido en el Raj británico, implicaba la inmolación de la viuda en la pira funeraria del marido recién fallecido, ya fuera voluntariamente o por presión de la familia o la sociedad. (El demoledor artículo de Joaquín Leguina sobre los suicidios en la Policía y Guardia Civil levantará ampollas en Interior).
Aunque en diversos países el suicidio o su intento son considerados un delito, en la mayoría de las naciones occidentales no son punibles.
Durante los siglos XX y XXI, el suicidio mediante inmolación fue utilizado en algunas ocasiones a manera de protesta, mientras que los ataques suicida, como el kamikaze, han sido empleados como una técnica militar y terrorista.(La Guardia Civil encuentra a un periodista ruso ahorcado en Sotogrande)
Su labor era la de encontrar a otros, pero en algún momento del camino el que se perdió fue él. Carlos Lozano era el jefe del servicio cinológico de la Guardia Civil en Galicia -el grupo que tiene los agentes caninos que buscan a los desaparecidos- y se ha suicidado este martes pegándose un tiro en la cabeza, según recoge Diego Rodríguez Veiga en El Español.
La noticia ha pillado a sus compañeros descolocados, que no se olían nada, sobre todo por el dramatismo de la escena. Los hechos ocurrieron este martes, a las 8:40 de la mañana, cuando Lozano se presentó en el trabajo de su mujer, la residencia de ancianos San José, localizada en la parroquia de Rairo, en Orense.
Era habitual que fuera a ver a su mujer en el trabajo, pero ese día estaba más serio de lo normal. Preguntó en la recepción por ella, le dijeron que estaba en el segundo piso. Cuando subió, esperó a que ella terminara de atender a un paciente y cuando salió al pasillo gritó su nombre, Rocío, y sin decir nada más se pegó un tiro con el arma reglamentaria. Aunque le trasladaron aún con vida al Complexo Hospitalario Universitario de Ourense, murió poco después.
Lozano, que deja detrás a dos hijos, estaba destinado en Galicia aunque nació en Gerona, en 1970. Entró en la benemérita en 1990, y fue destinado al Servicio Cinológico de la zona de Galicia en 2004. Ahí, como cabo, ejercía hasta este martes de jefe del grupo.
El trabajo de su unidad consiste en utilizar los perros para encontrar a los desaparecidos. Galicia es la comunidad con más desaparecidos de España y él trabajó en la búsqueda de Diana Quer. Es un trabajo duro, desagradable, ya que casi siempre encuentran al desaparecido una vez ha fallecido y así lo trasladaba en un reportaje que se publicó en el diario La Voz de Galicia.
"Sólo he encontrado a una persona viva en mi vida. Aunque sólo salves una vida, vale la pena", le dijo al diario gallego. "Era en Milladoiro y utilicé el perro de rastro. Era un tema muy especial. Lo primero que hice fue llamar a mi mujer. Es lo más grande que te puede ocurrir", recordaba.
 
Sin embargo, el trabajo casi siempre acababa mal. "Estas cosas te marcan mucho", decía sobre su trabajo. A él, el caso que más le marcó fue la búsqueda de una chica de Baiona a la que asesinaron y cuya búsqueda duró varios días. "Fue cuando aprendí lo que es la frustración en esta especialidad. [Ese caso] Me enseñó a enfrentar las cosas. Todos los desaparecidos son iguales y diferentes a la vez", aseguraba.
A pesar de lo duro del trabajo y de la frustración que implica llegar siempre cuando ya es demasiado tarde, Lozano siempre se mostraba como una persona feliz. "Era muy buena persona, muy apreciado por todos sus compañeros", relata un agente que le conocía, en conversación con este diario. "Siempre se mostró muy extrovertido y alegre", añade.
"Es un hecho lamentable, imprevisible. Ninguno teníamos conocimiento de que tuviera problemas ni nada por el estilo", asegura su compañero. Y es que nadie se lo olía. En su círculo no ha trascendido que tuviera ningún problema laboral y tampoco personal. "Ha sido algo imprevisible, nadie se esperaba este desenlace", dice.
 
Pero lo que ha pasado con Lozano en el fondo esconde una oscura estadística, el número de suicidios que azota a las fuerzas de seguridad del Estado. En los últimos tres días ya se han suicidado dos policías y un Guardia Civil. Y en lo que va de año, ya van tres miembros de la benemérita. En el caso de la Guardia Civil, el promedio de suicidios es de uno cada 26 días.
La elevada tasa de suicidios entre personas con este trabajo se debe a varios factores. En primer lugar, destaca la naturaleza del trabajo que tienen que desarrollar, muy ingrato, sometido a constantes presiones y viendo cosas que la gente normal no está acostumbrada a ver.
Por otro lado, también se debe a la dificultad de conciliar la vida familiar con el trabajo y a la continua relocalización geográfica. Pero, sin duda, uno de los factores clave es el acceso a las armas que tienen. Casi todos los agentes que se suicidan lo hacen con su arma reglamentaria.
Desde la Asociación Unificada de Guardias Civiles llevan tiempo intentando combatir esta lacra. Algunas de las medidas que proponen es la externalización de la atención psicológica, para que los facultativos no pertenezcan a la escala de mando, así como que las bajas psicológicas no repercutan en la vida laboral del guardia civil.
El caso de Carlos Lozano engorda esta lista de agentes caídos por sí mismos. Evidencia que algo anda mal, aunque todavía quedan muchas incógnitas para saber por qué Lozano decidió apretar el gatillo de esa forma tan drástica.

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