jueves, 11 de abril de 2019

El descendiente del bandolero más temido por la Guardia Civil desvela sus secretos a ABC

Francisco Juárez, tataranieto de Castrola, es partidario de que se ha generado una leyenda negra que poco tiene que ver con la realidad histórica de su antepasado: un bandido que la prensa de la época definió como una «alimaña de los Montes de Toledo»

Bandoleros de los Montes de Toledo


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Solo con paso firme y sabiendo que tocará enjugarse alguna que otra una vez el sudor se puede superar la pendiente empedrada que separa el valle toledano de la cueva de Castrola. Acceder al que fuera el último refugio de uno de los bandoleros más vilipendiados por la historia manchega y española no es fácil; menos aún si el cielo descarga una lluvia que la flora agradece, pero no así el visitante. Decir (y dejar sobre blanco) algo tan manido como que los bandidos que se habían echado al monte podían esconderse entre los árboles y escapar así de las autoridades apenas supone un suspiro. Verlo por uno mismo es otro menester y puede provocar alguna torcedura de tobillo. Inaudita, eso sí, pero plausible.
Más a gusto se podría estar disfrutando de unas típicas gachas en Madridejos (Toledo), apenas unos kilómetros al norte de la montaña, o metiéndose entre pecho y espalda una caldereta de cordero en Villarrubia de los Ojos (Ciudad Real), al sur. Unas reflexiones, por cierto, que se pasaban seguro por la cabeza de los bandidos que se escondían entre la maleza hincando el diente de vez en cuando a un trozo de queso reseco en pleno siglo XIX. Sin embargo, el camino que hoy cuesta ascender sin apenas carga (¿qué son una grabadora y una libreta en el bolsillo?) y con un calzado diseñado para la montaña es el mismo que hacía, allá en 1880, Isidoro Juárez García apodado Castrola (o Castrolas, atendiendo al autor)- día sí y noche también para pernoctar al abrigo y la seguridad de la fría piedra. Y probablemente en alpargatas.
También lo hacían, zurrón y fusil a cuestas, los agentes de la Guardia Civilque ansiaban echarle el guante y acabar así con sus supuestas fechorías, exageradas hasta la extenuación por la leyenda local. Pero jamás le encontraron. Es lo que tiene conocer los recovecos de tu casa, que te permite esconderte a placer cuando el enemigo llama a la puerta. Y, en el caso de Castrola, los Montes de Toledo eran su hogar. Quizá esa frustración por no poder capturarle fue la que llevó a las autoridades y a los medios de comunicación de la época a cargar tintas sobre él y a pintarle como un diablo al que solo le faltaban cuernos. Una suerte de «alimaña», como le calificaba un periódico de entonces. O puede que, simplemente, sus crímenes fuesen ciertos. ¿Quién lo sabe tras más de siglo y medio?
En pleno 2019, 138 primaveras después de que este bandolero se fuese a la tumba (según apuntan las fuentes más fidedignas, por culpa de una navaja española lanzada con más maldad que atino por los que fueran sus socios), las preguntas que rodean su pasado son más que los datos fehacientes que existen sobre su vida. Aunque de lo que sí está seguro Francisco Juárez Alisestataranieto de Castrola, es de que la leyenda negra que se ha extendido sobre su antepasado poco tiene que ver con la realidad. «No niego lo que hizo, sus delitos, pero no me da vergüenza saber de dónde vengo. Todo lo contrario, me enorgullece», explica a ABC en su casa, una vivienda ubicada en Villarrubia de los Ojos, el mismo municipio en el que vino al mundo Isidoro. Es lo que tiene la historia, que a veces no se forja con los documentos oficiales.

Bandoleros en los Montes de Toledo

Pero, antes siquiera de hablar de Castrola, es necesario empezar por el principio; el mismo que tiene toda buena historia española. Los orígenes de los desmanes de nuestro Isidoro se remontan siglos atrás, hasta los años en los que la Reconquista convirtió el núcleo de Castilla la Nueva en una tierra de paso obligado para arribar hasta Andalucía Extremadura. «El bandolerismo es una endemia en los Montes de Toledo desde que la ciudad fue conquistada en el año 1085 y se convirtió en frontera con los musulmanes», explica a ABC el historiador y académico Ventura Leblic, autor (entre otras tantas obras) de múltiples ensayos sobre el tema como el ya famoso «Golfines, bandoleros y maquis en los Montes de Toledo» (Covarrubias, 2008).
Desde la sede de la Asociación Cultural Montes de Toledo, la cual preside, Leblic incide en que los continuos enfrentamientos entre cristianos y musulmanes en los aledaños de la ciudad provocaron el nacimiento de una «tierra de nadie» imposible de habitar. «Esa región comprendía casi toda la cordillera de los Montes de Toledo. Los combates detuvieron la repoblación y, al final, fueron a parar allí los primeros golfines, bandidos de frontera cristianos, musulmanes y judíos», señala. Una buena parte de ellos eran antiguos militares que sabían proteger su vida y que disponían de la suficiente destreza como para que (ya en el siglo XII) los reinos castellanos y los de taifas evitaran enviar a sus huestes contra ellos. La desgracia fue que, para sobrevivir, los pobladores de las montañas se dedicaron a robar y a quemar las aldeas cercanas.
Francisco Juárez, tataranieto de Castrola
Francisco Juárez, tataranieto de Castrola - ABC
Aquellos golfines fueron la columna vertebral de lo que, siglos después, serían las partidas de bandoleros de los Montes de Toledo. Grupos armados que se echaban a los bosques y que, según Leblic, poco o nada tenían de ese romanticismo que prevalece hoy en la mente de la sociedad por culpa de personajes como Curro Jiménez. «El problema es que los ingleses que viajaron a Andalucía escribieron mucho sobre el bandolerismo del sur y perpetuaron esa imagen, pero se olvidaron de otras comarcas como Castilla la Nueva, donde la extracción social de los bandoleros era muy baja», explica. Para el académico, una buena parte de los que decidieron vivir en los bosques de la meseta eran «gentes que procedían del campo, con muy poca formación y que, en ocasiones, cometieron crímenes brutales y desmedidos».
Las crónicas (quizá exageradas, quizá no) le dan la razón, pues hablan de las habituales «limosnas» que exigían a las familias adineradas de los pueblos (cuantiosos rescates a cambio de liberar a un pariente secuestrado) o los ataques que perpetraban contra poblaciones a las que no llegaban las autoridades. No obstante, Leblic tampoco se olvida de los «otros» grupos que se echaban a los montes en el siglo XIX. En primer lugar, miembros de partidas carlistas decididos a expandir la influencia de Carlos María Isidro (y sus sucesores) a golpe de guerrilla y, en último término, desertores de los diferentes ejércitos que buscaban desesperadamente un lugar en el que esconderse. «Algunos habían huido de la recluta liberal y se habían visto obligados a combatir con los carlistas casi por obligación. Cuando llegaba la paz y escapaban, tenían que escaparse a los montes porque eran desertores de ambos contingentes», añade el académico.
En todo caso, tan cierto como que existían estas peligrosas partidas de bandidos es que, en el siglo XIX, había también varios grupos y fuerzas que luchaban contra ellas. La más destacada era la Guardia Civil, ideada en 1844 para garantizar la seguridad pública y acabar con el bandolerismo. Herederos en la región de la Santa Hermandad Vieja de Toledo, sus miembros eran -en palabras de Leblic- «reclutados en los pueblos por contratos prorrogables de varios años». En principio, sus unidades eran de apenas cinco o seis valientes que no tenían reparo alguno en internarse en los montes para buscar a los criminales. Aunque, para ello, contaban con la ayuda de los desconocidos escopeteros. «Eran grupos de civiles armados que, aunque no eran muy eficaces porque no se adentraban mucho en los bosques, hacían las veces de guías porque se conocían muy bien los montes», añade el académico.

Hijo del Castor

Castrola vino al mundo cuando el bandolerismo se encontraba en plena ebullición en Castilla la Nueva. El escritor e investigador Constancio Chacón ha estudiado bien ese momento, pues es el único que se ha atrevido a novelar la historia de este hombre en«Castrolas, el bandolero de los Montes de Toledo» (Entrelineas, 2017). «Isidro Juárez Navarro nació en Villarrubia de los Ojos en torno a 1851», explica en declaraciones a ABC mientras ojea la fotocopia de una de las sentencias de época que existieron contra él. Militar de profesión, este autor es también partidario de que la imagen que se ha extendido sobre el bandolero manchego es errónea. «Esa visión exótica es incierta. No le robaban a los ricos para dárselo a los pobres. Se jugaban la vida en su propio provecho y, en el caso de que consiguieran algo extra, se lo entregaban solo a la gente que conocían. Es normal», desvela.
Isidoro (al que llamaban Castrola en herencia del apodo de su padre: Castor) cometió su primer delito menor cuando rondaba los diecinueve veranos. «Robó aceite de un molino y le condenaron a dos años y cuatro meses que pasó en el penal de Alcalá de Henares (Madrid)», explica su tataranieto. La historia oficial coincide en este punto, al igual que explica que, mientras estaba entre rejas, tuvo la mala suerte de ser uno de los elegidos para hacer el servicio militar en África. «Por entonces las Cajas de Reclutas

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