martes, 25 de junio de 2019

La Policía Nacional practica la tortura en Palma de Mallorca

Ayer en un desayuno en una cafetería del centro de la ciudad de Palma de Mallorca, tras recibir una llamada urgente de un gran amigo mío -sólo con oír su voz supuse que algo grave le había pasado- me contó la siguiente estoria que, al escucharle al momento se me vino a la cabeza la obra de Quevedo Sueños y discursos. 



EMILIO ARNAO ESCRITOR.

De verdades soñadas, descubridoras de abusos, vicios y engaños en todos los oficios y estados del mundo. R. P. -no cito su nombre por guardar el anonimato recordando la 1ª Corintios, 15, 52: “En un momento (…) al son de la última trompeta; porque sonará la trompeta y los muertos resucitarán”- estando tranquilamente en su casa leyendo la Historia de la teoría política de George Sabine escuchó el sonido del timbre de su casa, donde vive en paz dándole de comer a un bebé de seis meses junto a su esposa A. B -sigo sin citar nombres porque lo que viene a continuación es a cuál un ojo-. Se trataba de dos hombres rudos y con neuronas ninfómanas con su traje de la Policía Nacional de una comisaría de aquí de esta bella y reconquistada por el turismo ciudad que es Palma, ciudad en la que yo vivo con todos los cinco sentidos en las uñas de la mano izquierda. 

Muy diplomáticamente -los hombres de azul son muy diplomáticos cuando entran en una casa y ven a una madre con su bebé en los brazos- estos caballeros le instan a R. P. a que les acompañe a comisaría pues ha habido una denuncia contra él. 

La estupefacción, el asombro, el dolor de muelas y el escozor de su caterva interior le premiaron a no entender absolutamente nada. Se trataba de una denuncia absoluta falsa acordonada con mentiras, omnipotencia y lo que es más grave con todo el odio pétreo, pastelero y producto de la enajenación mental del denunciante. Mi amigo R. P. pensó entonces: “Ahí está Judas, que es apóstol descartado, es decir yo mismo, ¿partido pedís? No tenéis juego”.

Ante el llanto de su familia, los Nacionales -que palabro más horrible para esta gente que no tiene ni idea, puesto que ingresan en la Policía Nacional sin el bachillerato ni estudios ni avales morales ni éticos-, gravosamente mintiéndole aduciendo que sólo se trataba de un trámite y que en cinco minutos podría regresar a su casa, lo condujeron a una comisaría cuyo nombre también me callo. 

¿Por qué me callo? No por miedo, sino porque sé que el servicio de espionaje por parte de las Fuerzas de Seguridad del Estado va en contra del derecho a la libertad de expresión de la actual -siglo XXI, año 2019, junio- ciudadanía española, esto es, muy a lo Putin, el Pato Donald Trump, Salvini y este nuevo movimiento del fascio que es el boltonismo -de John R. Bolton, Consejero de Seguridad Nacional de la administración Trump, sí, el mismo que junto a Toni Blair, George Bush niño y cocainómano, más la alianza torpe, babosa y delincuente de aquella época de la aznaridad que hoy parece ser regresa con todas su armas de destrucción masiva sin el consentimiento de la ONU asesinaron a miles y miles de inocentes en Bagdad y otras tierras herejes.

Ya en comisaría, me comenta mi amigo -recuperado física y psicológicamente de lo que voy a ustedes a narrarles en lo que sigue- la diplomacia de estos nuevos grises españoles se tronó en agresividad, en insultos, en una chulería analfabeta y enfermiza tal y como se producía en aquellos tiempos en que el gran profesor don Enrique Tierno Galván dijo aquello de: “¡Rockeros: el que no esté colocado, que se coloque… y al loro¡” Hoy todos añoramos al mejor alcalde que ha tenido Madrí, quien llegó a escribir: “Sólo Dios ama a los buenos marxistas”. R. P. solicitó su derecho a que le dijeran de qué se le acusaba y por qué le iban a meter en el calabozo. Los nuevos hombres de gris -por mucho que vistan por disimular de azul turquesa- continuaron con sus bromitas, sus vómitos, su cachondeíto fino y con frases como las que cito: “Aquí no tienes derechos, ni llamadas, ni hostias y, si no te callas, te vas a enterar, así que calladito estarás mejor”. R. P., sin perder la compostura, insistió: “Pero tengo derecho a una llamada telefónica y a un abogado, ¿acaso ustedes no se conocen el reglamento?”. Continuó la cascada de risotadas, improperios, alguacilismo endemoniado y amenazas a lo sietedurmientes de las prostimerías. Vale.

Después de dos horas de estar en el interior del calabozo, por fin los Nacionales le dejaron a R. P. realizar una única llamada, pero con el alto mando de la comisaría delante y un subalterno al lado: “Tranquila, mujer, no te preocupes, nos han engañado, pero no pasa nada, esto funciona así, ya sabes cuántas veces lo hemos hablado, y es que…” 

El alto mando, al escuchar la conversa, con inusitada violencia le arrancó de las manos el teléfono fijo a mi amigo y el subalterno -un hombre calvo peinado con boli o lápiz- comenzó a agredirle por todo el cuerpo. Eso sí, arrastrándolo primero del cabello a la oscuridad de la zona de los calabozos donde el nacional calvo y el alto mando saben muy bien que no hay cámaras que graben absolutamente nada. A continuación, continuó el clavo gris lapislázuli con las agresiones, con patadas en la cabeza en las partes íntimas y hasta en la uña gorda del dedo gordo del pie izquierdo.

 Mi amigo R. P. le solicitó al agresor -la agresividad de la Policía Nacional es un hecho constatado y reconfirmado por muchas investigaciones periodísticas de este país en estos últimos años- su número de placa, pues también conocía que ese derecho entra dentro de la legalidad. “Mi número, hijo de p…, ahora verás cuál es mi número”. 

Con un silbo llamó al resto de los componentes de la custodia y, de nuevo, dentro del calabozo -un zulo me comenta con gran dignidad R. P.- regresaron entre cinco o seis defensores de esta Nueva Patria las agresiones, la paliza eskalduna, las palabras como armas, en definitiva, la vejación, la defenestración y la receta a la que en estos años -por culpa del jodido procés- el nacionalismo español se ha tornado fijación como laca ultra hasta concluir, por parte del afectado, en el obligado monólogo de Sigismundo: “¡Ay mísero de mí, ¡ay infelice¡ / Apurar, cielos, pretendo, / Ya que me tratáis así, / qué delito cometí / contra vosotros naciendo. / 

Aunque si nací, ya entiendo / qué delito he cometido; / bastante causa ha tenido / vuestra justicia y rigor, / Pues el delito mayor / del hombre es haber nacido.”
En fin, voy acabando por no aburrirle más a ustedes. Conclusión: que en este país al que algunos siguen llamando España en estos momentos se está ejerciendo en el interior de los calabozos sobre todo de la Policía Nacional aquello de Quevedo: Sueños y discursos. 
De verdades soñadas, descubridoras de abusos, vicios y engaños en todos los oficios y estados del mundo.
Por cierto, ayer leí en “El País” la siguiente noticia: “Un sindicato duro y de nuevo cuño barre en las elecciones de la Policía Nacional”. Contra todo pronóstico y con la excusa de la equiparación de sueldos con los de los mossos d’escuadra catalanes -volvemos al jodido procés, y es que todo viene de ahí, háganme caso: se acuerdan de la famosa frase en Huelva:

 “A por ellos, oe, a por ellos oe, etc. etc”-, un nuevo sindicato -no diré del crimen a lo Al Capone y los Intocables de Elliot Ness- se ha llevado por delante al colectivo democrático, justo y más apreciado tras el acuerdo de marzo de 2018, esto es, la Confederación Española de la Policía -CEP-, la Unión Federal de Policía -UFP- y el más hegemónico, me refiero al Sindicato Unificado de Policía -SUP-. 

Este nuevo sindicato que ha salido tras cruzar cual Julio César el Rubicón -con todas las tragedias para el Imperio Romano que el augur le alertó antes de cruzar el riachuelo- ha sido impulsado, exactamente tras una reunión el pasado 6 de abril como siempre a hurtadillas y entre cortinas, por Albert Riivera -Cs- Teodoro García Egea, secretario general del Partido Popular y, el que faltaba para el pastel de chocolate, el hombre de los tirantes, el hombre que defiende a las manadas, el hombre que moquea cuando habla -a lo mejor toma una damita blanca-, el hombre, junto con sus caballos y sus pistolas que ha venido a Reconquistar, a Falangelizar la vida española, el hombre que desayuna, come y cena con miembros de la Fundación Francisco Franco, sí, ya ustedes lo conocen, lo han visto, algunos de ustedes incluso le aplauden, se trata del secretario general de VOX Javier Ortega Smith. Este nuevo sindicato del Crimen -sí lo digo ya con todas sus palabras, que son las palabras que me refirió mi amigo R. P.- lleva por nombre Jupol -Justicia Policial-.

POSDATA: Cuídense los españoles y ante todo las españolas de bien de esta nueva Policía Nacional y no se fíen de su falsa amabilidad, porque luego vienen las heridas, los golpes, las torturas que ya creíamos acabadas cuando aquella época en que Billy el Niño y su Brigada Político Social, acusado por un delito de lesa humanidad, organizaba sus orgías de paños, sangre y enculamientos en los sotanillos de la sede de la Dirección General de Seguridad. Mi pregunta final es la que sigue: ¿estamos volviendo sin darnos cuenta a aquella Brigada Político Social que hoy continúa poniendo medallas a estos nuevos Torquemadas que en vez de protegernos nos someten .........................................


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