lunes, 15 de julio de 2019

"Mi madre igual desarticula un comando que te hace la mejor tortilla de patatas

Inés cumple ahora 30 años en la Policía Nacional. Es fuerte, alegre y decidida. Tiene principios firmes y ganas de acción. 
Foto: Inés, durante su periodo como analista. (EC)

La práctica totalidad de estas tres décadas las ha pasado en la Comisaría General de Información, donde trabajan esos hombres y mujeres abnegados que se emplean a destajo en acabar con los enemigos más complejos de la sociedad y del estado, los terroristas. Muchos de ellos gastan años de sus vidas en interminables vigilancias que sirven para captar unos pocos datos, en llevar a cabo peligrosos seguimientos con el fin de averiguar sus guaridas, en ejercer como agentes dobles para de averiguar cómo piensan, en escuchar sus conversaciones para establecer conexiones.
El caso de esta heroína sin rostro no es una excepción. Inés abre por primera vez su corazón, que no su identidad -porque este no es su verdadero nombre-, a los ciudadanos a los que protege. Con el permiso de sus superiores, como no podía ser de otra manera -la lealtad, ante todo-, explica que lo suyo es vocacional. Incluso vital. Su abuela enviudó joven, por lo que su madre tuvo que echarse a la espalda a toda la familia. Era maestra, pero ganaba más como costurera. "Era muy buena diseñadora; formó a una de sus hermanas, que trabajó como composturera para Christian Dior y Óscar de la Renta; mi tía adaptaba los delicados vestidos que éstos creaban a cada clienta", recuerda.
Luego mi madre se casó con mi padre, pero éste murió a los 47 años de una trombosis cerebral, con lo que nuevamente ella se encontró con que tenía que volver a sacar a su familia sola", cuenta Inés, que por aquel entonces tenía 14 años y una hermana de 11. La situación le hizo sentir la responsabilidad en sus propias carnes. "Traté de ser lo menos gravosa posible para mi madre, que nos enseñó a ser autosuficientes y esto significa esfuerzo y valores", asegura la funcionaria, que no olvidará nunca una de las frases que pronunció su progenitora. "Te corvertirás en la persona que quieras ser", le repetía de vez en cuando.
"Daba clases particulares, cuidaba niños, pintaba el gimnasio... Así me pagué el carné de conducir, la academia o el gym", relata Inés, que tiene buenos recuerdos de esta última instalación. "Ahí conocí a varios policías, que contaban anécdotas de lo que vivían de servicio; para mí eran superhéroes, buenas personas que dedicaban su tiempo al servicio de los demás", rememora la mujer, que decidió entrar en el cuerpo precisamente por ese modelo de gente.
"A mi madre le dio mucho miedo cuando le dije que quería ser policía", afirma. Pero lo tenía muy claro. Con 20 años, aprobó las oposiciones. Los jefes la seleccionaron ya en la misma Escuela de Ávila para ir a Información, el destino con mayúsculas. "Siempre me he preguntado por qué se fijaron en mí entre 800 personas; supongo que vieron a alguien con muchas ganas, dispuesta a todo, extrovertida... Y la verdad que yo era una entusiasta", se autocalifica Inés, que tras los tres meses de prácticas se marchó directa al País Vasco, donde comenzó la mayor aventura de su vida. "Descubrí paisajes maravillosos, gente cordial, muy abierta, con ganas de agradar; me cautivó la tierra", valora hoy. A los dos meses, en septiembre de 1991, la Comisaría General se la trajo de vuelta a Madrid, pero a un equipo que subía constantemente al norte. Se incorporó a un grupo de vigilancias y seguimientos conformado por diez personas -siete mujeres y tres hombres- que viajaban periódicamente a Navarra y al País Vasco, entre otros lugares, tras el rastro de etarras.

Un surfista pasa junto a una pintada a favor de la banda terrorista ETA en el barrio de Gros de San Sebastian. (EFE)
Un surfista pasa junto a una pintada a favor de la banda terrorista ETA en el barrio de Gros de San Sebastian. (EFE)
En aquella época, era inusual que los equipos estuvieran compuestos por tantas chicas. Era un mundo de hombres. Sin embargo, en ese momento alguien quiso apostar por ellas. Y fue un acierto, entiende la propia Inés. "Pasábamos desapercibidas, podíamos acceder a sitios donde los compañeros llamaban mucho la atención; éramos jóvenes, por lo que alternar en un bar, entrar en una herriko o vigilar los movimientos de un coche eran tareas más sencillas para nosotras, que no levantábamos sospechas", sostiene. "Los etarras jamás hubieran imaginado entonces que dos mujeres les seguían en mitad de la noche", añade.
De hecho, según cuenta, una vez se les rompió el embrague del coche en el que viajaban ella y otra compañera en medio de un seguimiento por el monte. "Nos quedamos tiradas y fueron precisamente aquellos a quienes vigilábamos los que nos ayudaron; nos llevaron a su casa, nos ofrecieron un bocadillo y hasta nos pidieron el teléfono antes de irnos; claro, éramos unas chicas de veintipocos, solas... qué van a hacer", revela.

Unas vividoras contra ETA

Casi siempre, cuando subían a Euskadi, se hacían pasar por gente muy diversa. "Yo he sido enfermera, profesora, estudiante de periodismo y hasta catadora de vinos de una bodega", asegura Inés, que admite aun así que la tapadera de universitaria ha sido la más socorrida. "Vivíamos en un piso en San Sebastián y dábamos la imagen de estar estudiando, de que nuestro papá nos pagaba todo y de que éramos unas vividoras", recuerda. "En ocasiones, llegamos a estar las siete del grupo juntas en el mismo dispositivo", cuenta con el orgullo que siempre le sale cuando menciona a sus compañeras. En una ocasión, destaca a modo de anécdota, "el padre de una de ellas subió a ver a su hija y, antes de acceder al piso, se cruzó con una vecina que le paró para echarle un sermón". "Menos estudiar, estas niñas hacen de todo; menudos horarios; además, entran y salen chicos a diario", le dijo la señora, un comentario que Inés recupera con una sonrisa y los ojos muy abiertos. Admite, sin embargo, que no es el único chascarrillo que ha vivido en este sentido.
"Mi madre vivía en un barrio de las afueras de Madrid y un día un vecino la paró y le dijo que me había visto en una zona muy mala de la ciudad; en concreto, en la zona de las putas haciendo una esquina", rememora la funcionaria, que acto seguido deja claro por qué estaba allí. "Yo hacía una vigilancia, en realidad", apunta la agente antiterrorista, que por aquella época se movió por toda España tras los malos. Acudió, por ejemplo, a los Juegos Olímpicos de Barcelona 92 para evitar que los abertzales utilizaran el evento internacional para hacer propaganda.
Ella y otra compañera siguieron a varios activistas durante días hasta la mismísima puerta del estadio de la ciudad condal, donde pretendían exhibir pancartas contra España. "Entramos sin arma por los controles habituales, como dos espectadoras más; nos sentamos una a la izquierda y otra a la derecha del que iba a llevar a cabo las acciones reivindicativas y, cuando éste se puso en pie para sacar el cartel, se lo quitamos como si fuéramos unas aficionadas más; que esto es España y tal, dijimos; nadie se imaginó siquiera que fuéramos policías; era fundamental que no nos destaparan", relata la funcionaria satisfecha de que su escondida labor impidiera cualquier símbolo de protesta que empañara los juegos. Nadie se enteró siquiera de que había habido un intento de alterar el orden público..............................................

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