miércoles, 22 de abril de 2020

Casado y Abascal no respetan ni a la Guardia Civil

La extrema derecha (PP) y la extrema extrema derecha (Vox) han comenzado una nueva campaña de acoso y derribo contra el Gobierno de Pedro Sánchez, al que tratan de identificar por todos los medios como un líder chavista que gobierna a la manera de un dictador, incluso tratando de controlar a la Guardia Civil. No deja de tener su cierta sorna que sea precisamente el búnker, el neofascismo totalitario nacionalcatolicista, el que venga a darnos lecciones de democracia avanzada. 


El caso es que tanto Vox como PP creen haber encontrado el estoque que puede darle la puntilla definitiva al Ejecutivo de coalición en un supuesto lapsus del general jefe del Estado Mayor de la Guardia Civil, José Manuel Santiago, quien en rueda de prensa convocada para aportar los datos diarios sobre actuaciones de la Benemérita en la lucha contra el coronavirus aseguró que este cuerpo policial trabaja contra los bulos propagados en las redes sociales para minimizar “el clima contrario al Gobierno”.
¿Quería decir exactamente lo que dijo el general o simplemente el escenario y la tensión que conlleva toda exposición pública ante los periodistas le jugaron una mala pasada? No cabe duda de que a un jefe del Estado Mayor se le debería exigir no solo que mueva con destreza los batallones militares, sino también que sepa manejar la artillería del sujeto, verbo y predicado. 
El lenguaje es el arma más poderosa que existe y puede encumbrar a un líder o hundirlo para siempre. Por desgracia, y pese a que Santiago acredita una hoja de servicios intachable, no parece que el don de la palabra figure entre sus virtudes. Y eso no se lo han perdonado sus enemigos políticos. 
Tal como era de esperar, en cuanto el gazapo salió de la boca del general, los patriotas Santiago Abascal y Pablo Casado –esos mismos que se enorgullecen de respetar y admirar a la Guardia Civil, no como los rojos antipatriotas separatistas− empezaron a babear, olieron el rastro de la presa y afilaron los colmillos retorcidos. En realidad se ha demostrado que buena parte de esos infundios, fake news y mentiras que investigan los agentes especializados de la Benemérita −y que causan gran alarma social, ya que desestabilizan el país en un momento tan delicado como es una pandemia con miles de muertos−, provienen del “ejército de millones de bots” movilizados por Vox, un siniestro plan que fue debidamente desenmascarado por Pedro Sánchez en el Parlamento hace solo unos días.  
Es cierto que el error en la comunicación del general Santiago fue grave y flagrante. Sin embargo, pese a que el mando quiso explicarse mejor, ya estaba condenado.
 De nada ha servido que el propio general haya matizado sus declaraciones a posteriori al asegurar que su prioridad y la de la Guardia Civil es garantizar en todo momento la “seguridad de las personas”, ni que haya jurado y perjurado que “no hay ideologías” cuando de lo que se trata es de que los agentes de la Benemérita trabajen en beneficio de la sociedad en la búsqueda y rastreo de bulos que afectan a las “instituciones del Estado”, sin que ello suponga atacar a la oposición ni a aquellos que legítimamente ejercen su derecho a la “crítica política o a la libertad de expresión o de información”.
Las honestas explicaciones del general, expuestas con emoción y rabia contenidas por un trato injusto, merecieron un cerrado aplauso del resto de compañeros del comité técnico que comparecen habitualmente junto a él y también del propio Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, que salió en defensa del militar vapuleado por aquellos que dicen amar tanto a la Guardia Civil. “El utilizar fallos en los discursos que podamos tener, terminología o frases que podamos decir personas que estamos al límite para hacernos daño no es algo decente. Sé que con esto me estoy exponiendo de nuevo, pero es algo que tenía que decir”, sentenció Simón con valentía.
Ninguna disculpa servirá de nada. El juicio sumarísimo se ha celebrado y ahora toca llevar al general ante el pelotón de fusilamiento al alba, o sea ante las emisoras de radio que cada día emiten ondas de odio en FM, más bien en frecuencia poco modulada. PP y Vox han atisbado un flanco débil en el Gobierno y lo van a martillear sin cesar. Nada, ni siquiera la honestidad de un militar de trayectoria intachable, va a detener a los comandos haters de Twitter al servicio de los ultras. 
El plan pasa por acusar a Sánchez de querer instrumentalizar al Instituto Armado para sus fines partidistas. De modo que la pinza del “trifachito” está servida. Casado ha exigido al presidente del Gobierno que explique si ha ordenado a la Guardia Civil que trabaje para “minimizar” las críticas al Gobierno, mientras Abascal, siempre en un tono más desmesurado que su competidor, cree que las declaraciones del general suponen el “inicio de un golpe de Estado”. 
La obsesión de este hombre con los pronunciamientos en España, que históricamente siempre han venido de la mano de la ultraderecha africanista, resulta enfermiza.
Tras el episodio del general tenemos que volver a escuchar cómo dos líderes políticos que no son capaces de condenar la dictadura franquista sueltan las mismas palabras huecas y afectadas de siempre sobre la defensa de la libertad, los derechos constitucionales y los valores democráticos. 
Hasta hemos tenido que tragar con que el Gobierno practica una suerte de “censura” contra la oposición que no es tal. Para censura cuando Franco tapó a Rita Hayworth con una camiseta negra para que no se le viera el generoso escote en aquel célebre cartel de La dama de Trinidad. Curiosamente, de esa censura nunca habla el dúo dinámico Casado/Abascal.
Poco o más bien nada les ha importado a los líderes de las derechas españolas (ellos que alardean de ser los primeros fans de la Guardia Civil) que la imagen del Instituto Armado haya quedado por los suelos con sus graves acusaciones; que la reputación de un general haya salido seriamente dañada con todo lo que ello significa; y que otro nuevo escándalo político artificial en medio de la epidemia lo haya incendiado todo. Tocaba hacer sangre (aunque para ello hubiera que mancillar al mismísimo Duque de Ahumada) y sangre se ha hecho. 

Los patriotas de opereta no descansan nunca. Un día se burlan de los virólogos y científicos que luchan por detener la pandemia y al siguiente son capaces de desacreditar a las fuerzas de seguridad del Estado, a la Fiscalía, al Registro Civil encargado de la contabilidad de los muertos por el virus, al CSIC, a los sindicatos y hasta las oenegés. Hablan de democracia sin saber lo que es. Ni siquiera los ha frenado la límpida hoja de servicios de un hombre honrado y trabajador cuyo mayor crimen ha sido no saber expresarse como un catedrático de universidad.

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