La Guardia Civil en Cataluña vive una de las etapas más delicadas de su historia reciente.
Por Sergio Fidalgo
A pesar de tratarse de una comunidad estratégica, tanto por su peso económico como por su frontera exterior y su intensa actividad delictiva, los agentes del Instituto Armado denuncian una combinación letal de escasez de efectivos, carencias materiales y falta de respaldo político.
Una situación que no es nueva, pero que se ha agravado en los últimos meses al calor de las concesiones del Gobierno central a los partidos separatistas. Por ejemplo, en las competencias de vigilancia del medio natural, que la Guardia Civil está cediendo a los agentes rurales de la Generalitat
El problema más visible es la falta crónica de agentes. En la última década, y especialmente tras la pandemia, el despliegue de la Guardia Civil en Cataluña ha disminuido de forma progresiva. Según datos oficiales citados por medios nacionales, el número de efectivos ha caído desde más de 3.300 en 2020 a poco más de 3.000 en 2023, una pérdida significativa en una comunidad donde la presión delictiva y la complejidad operativa no dejan de crecer
Mientras tanto, la Generalitat ha anunciado un ambicioso plan para aumentar la plantilla de los Mossos d’Esquadra hasta 25.000 agentes en 2030, una cifra que supera con creces la presencia de los cuerpos nacionales. Esta asimetría no es solo numérica: sindicatos policiales y asociaciones profesionales denuncian que se está diseñando una estrategia política destinada a arrinconar a la Guardia Civil y a la Policía Nacional en Cataluña, transfiriendo competencias clave a la policía autonómica
Las asociaciones profesionales del Instituto Armado alertan de que esta política tiene consecuencias directas sobre la seguridad ciudadana. El progresivo abandono institucional se traduce en menos patrullas, menos capacidad de investigación y una sobrecarga de trabajo para los agentes que permanecen en destino. En privado, muchos mandos admiten que Cataluña se ha convertido en una plaza poco atractiva, donde la presión política y social se suma a la falta de recursos.
A esta realidad se suman las carencias materiales que denuncian los propios agentes: vehículos obsoletos, instalaciones envejecidas y equipamiento insuficiente para combatir amenazas como el narcotráfico o el crimen organizado
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